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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 23
    Abril
    2014

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    La cofradía del puño cerrado

    Todos tenemos defectos, eso es un hecho tan inmutable como que el sol saldrá cada mañana, o al menos así será hasta el día del Apocalipsis, se supone, es decir, hasta el mes de diciembre de este año, según algunos catastrofistas que han querido interpretar ciertas partes del milenario calendario maya como les ha venido en gana. Algunos somos impacientes, temperamentales, o desconfiados, otros, soberbios, envidiosos, o mentirosos, incluso esos que se creen perfectos y desprovistos de cualidades negativas serán, con toda probabilidad, vanidosos, ególatras, o prepotentes; o todo esto junto... Pero lo cierto es que, en cualquiera de los casos, siempre hay un roto ‘pa un descosío’, es decir, que siempre habrá alguien para quien nuestros defectos no sean tan graves y se vean compensados con creces con nuestras virtudes. Y menos mal, porque si no, la cifra de solteros por obligación, que no por vocación, que ya es de por sí bastante alta en estos tiempos que corren, se multiplicaría por tres o cuatro y nos extinguiríamos sin necesidad de meteoritos ni glaciaciones.


    Sin embargo, hay un defecto que  la mayoría de las féminas toleramos con gran dificultad, por no ser radical y decir que nos resulta totalmente insufrible, y más si ese defecto es expuesto desvergonzadamente por nuestro acompañante durante las primeras citas: la tacañería.


    Pocas cosas hay más cutres, faltas de buen gusto e inaceptables, que esas muestras de roñosería que indican con absoluta claridad que ese que acaba de elegir el vino más barato de la carta, ha escatimado la propina o propuesto pagar a medias tras la primera cena, es sin lugar a dudas, miembro de la cofradía del puño cerrado. Y si además sugiere hacer una vaca para costear las copas o te pide dinero para la gasolina, que no te quepa duda de que es, además, miembro honorífico.  Mejor no entro en detalles de hasta dónde puede llegar un miembro fundador. Háganse una idea.


    Cuando María José conoció a Eduardo no le pareció el espécimen más atractivo del mundo, porque por lo que se ve le quedaba ya poco pelo, lucía esa generosa panza que les regalan a la mayoría de los hombres en su cuarenta cumpleaños y trataba de ocultar, con bastante poco éxito, una inminente papada a la que en breve habría que tratar de usted. Sin embargo, después de ser su compañera de mesa durante toda una cena organizada por amigos comunes, Marijose, como todos la llamamos, tuvo que reconocerse a sí misma que Eduardo era también un hombre ingenioso y de conversación amena, así que le dio una oportunidad y decidió pasar por alto su físico poco agraciado y darle prioridad a su intelecto cuando él le pidió su número de teléfono y le propuso salir a tomar algo un fin de semana cualquiera.


    Eduardo llamó a Marijose cuando ya ésta se estaba arrepintiendo de haber dejado que los efectos colaterales del vino hubiesen hablado por ella cuando aquel hombre le había pedido una cita, pero como es una mujer educada y, sobre todo, de palabra, aceptó verlo aquel sábado para cenar en un restaurante que se había puesto rápidamente de moda, que ninguno de los dos conocía aún y que ambos se morían por conocer. Y allá que se fue mi amiga la noche sabática, arregladita lo justo para que su acompañante no se hiciera demasiadas ilusiones, no fuera que la cosa se pusiera fea y tuviese que salir corriendo, y con sus escasas expectativas metidas en el bolso junto con el móvil y la experiencia. No obstante y para su sorpresa, tras consultarle muy educadamente sus gustos y preferencias, Eduardo pidió los entrantes más sofisticados y uno de los vinos con más solera de la carta, y Marijose le apuntó un par de tantos a su acompañante y se relajó. Luego, Eduardo probó el vino, trajeron los primeros y la pareja se zambulló en una interesante conversación. Y fue justo entonces cuando Eduardo cogió la botella recién descorchada, sirvió la cantidad estipulada en el copón de mi amiga y, sin inmutarse, vació el resto en la suya, que quedo peligrosamente colmada hasta el mismo borde. Si el sumiller lo miró perplejo, imagínense la cara de ella.
     

     

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