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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 12
    Junio
    2014

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    La crisis de los cuarenta

    El otro día me encontré con mi amiga Noelia en la puerta de un centro comercial y, aunque mi intención era pasar la mañana buscando la pinza de depilar perfecta porque, como todas mis congéneres saben, la empresa tiene su aquello, cuando le vi la cara de mustia que llevaba la pobre, no pude evitar arrastrarla hasta una cafetería cercana, pedir un par de cafés y preguntarle qué le pasaba.


    Noelia había conocido a José María en la facultad, se gustaron, se hicieron novios y, en cuanto ella terminó la carrera, que había empezado unos años después que él por ser algo más joven, se casaron, fueron felices y comieron perdices un periodo de tiempo más que razonable. Luego vinieron la hipoteca, los hijos, las canas, la rutina, los kilos de más y la pasión de menos. En fin, ¿qué les voy a contar que ustedes no sepan? Que habían pasado ya veinte años desde que aquellos dos jóvenes se habían conocido en la cafetería de la ‘facul’ y ahora eran… un matrimonio como tantos.


    Y me contaba Noelia que, con todo y a pesar de todo, las cosas no iban mal entre José María y ella: Tenían sexo semanal, cena con amigos semanal y bronca semanal. Tenían a los tres churumbeles ya casi criados, una casa preciosa en el centro y la ilusión de envejecer juntos… O al menos eso había creído ella hasta que, de repente, hacía cosa de un mes, José María había llegado a casa y le había dicho que se iba. Noelia, que no entendía nada, le había preguntado a qué era debido ese cambio así, de un día para otro, aunque todos sabemos que esas cosas en realidad nunca son de un día para otro y probablemente ella no había querido darse cuenta de que José María hacía ya muchos meses que llegaba tarde casi cada día y no soltaba el móvil ni cuando iba al cuarto de baño, porque al fin y al cabo no hay peor ciego que el que no quiere ver y Noelia había preferido atarse una venda a los ojos con doble nudo marinero que estar preocupándose de nada que no fuese la beca universitaria de la primogénita y la nueva novia del pequeño, pero tampoco iba a ser yo la que la enfrentara a su miserias, estando mi amiga como estaba deshecha en un mar de llanto.


    Lo cierto es que, al parecer, tras el interrogatorio de su mujer, José María tiró del topicazo ese de que necesitaba espacio, vivir los pocos años de juventud que le quedaban, practicar kite-surfing, viajar al Himalaya para encontrarse a sí mismo y toda esa sarta de patrañas a las que los hombres suelen recurrir cuando no tienen el valor de decir la verdad, o sea, casi siempre, y confesar el verdadero motivo de su prisa por abandonar el hogar conyugal: que había otra mujer.


    Mi amiga Noelia suplicó, lloró, se enfadó, le reprochó y finalmente lo mandó a la mierda y se pasó tres días encerrada en casa, comiendo chocolate y sin lavarse el pelo, pero al cuarto, decidió comenzar una labor de investigación que hubiese dejado en ridículo hasta al mismísimo CSI: llamó a unos y a otros, revisó extractos bancarios e historiales de Google, y se enteró de que, tal y como sospechaba, con quien quería José María vivir esos años de juventud que decía que aún le quedaban, era con una rubia tetona veinte años más joven que él, que había conocido en el gimnasio al que se había apuntado hacía poco más de un año porque estaba echando tripita, decía.


    Y contaba mi amiga, que lo que más rabia le daba era que ‘su José Mari’, que aún lo era pero que en breve se convertiría en ‘el cabrón ese’, y si no, al tiempo, que había sido todos aquellos años el presidente honorífico de la Cofradía del Puño Cerrado, al parecer invitaba a su nuevo amor a románticos viajes a París y hasta le compraba sortijas de brillantes, de las que la niñata alardeaba sin pudor ante los que antes eran amigos comunes y ahora no sabían dónde meterse cuando se encontraban a uno u otro.
     

     

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