Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 01
    Febrero
    2015

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Las Palmas Gente

    La mujer florero

    Durante toda su vida y desde que era muy pequeña, a Lorena le habían repetido hasta la saciedad lo bonita que era. Demasiado ocupada en otros menesteres o demasiado obtusa para percatarse del flaco favor que le hacían, su familia jamás le habló de valores como la inteligencia, la simpatía o la bondad, sino que se dedicó a admirar sus lustrosos bucles dorados, sus grandes ojos azules y su sonrisa de ángel, así que ella creció creyendo que lo único de verdad necesario en la vida era una belleza excepcional. Una belleza como la suya.


    ¿Qué falta le hacía esforzarse en ser tan simpática como su prima, que hacía reír a todos con sus gracias, tan lista como su hermano, que sacaba unas notas excelentes en el colegio, o tan buena como su amiga Yolanda, siempre dispuesta a ayudar a los demás, cuando en su corta vida jamás había tenido que recurrir a otra cosa distinta a su rostro de anuncio de champú infantil para conseguir todo aquello que se propusiera? A ella nunca le había hecho falta otra cosa que dejarse mirar, sonreír o, en definitiva, estar, para lograr que le compraran la muñeca que quería, que la profesora le pusiera buena nota o que su padre culpara a su hermano por algo que en realidad había hecho ella. Luego, cuando con la llegada de la adolescencia la niña de revista se convirtió en una esbelta y bien formada mujercita que, si no ganaba los certámenes de belleza en los que empezó a inscribirse compulsivamente, quedaba siempre en un destacado puesto de dama de honor, y los muchachos, guapos y feos, empezaron a caer rendidos a sus pies, Lorena tomó plena consciencia del poder que otorgaba la belleza y no se molestó en aprender una de las lecciones más valiosas de la vida: que nada es para siempre.


    Así que Lorena llegó a la edad adulta completamente convencida de que el único esfuerzo que necesitaba hacer era el de mantenerse hermosa y que lo único que la gente esperaba de ella era, sencillamente, que les regalara su presencia, con lo que, inevitablemente, se convirtió en una mujer egoísta y frívola que sólo se preocupaba de su propio bienestar y de su aspecto. Además, pronto tomó plena consciencia del efecto que su belleza producía en los hombres, así que decidió utilizarla en su propio beneficio, sin darse cuenta de que los que verdaderamente valían la pena salían huyendo desde que descubrían que, bajo aquella impresionante fachada, sólo había un interior vacío, y que los que se quedaban con ella durante algún tiempo o tenían la cabeza igual de poco amueblada o, lo que era aún peor, no les importaba sus pocas luces mientras ella se prestara a pasear cogida de su brazo y pudieran presentársela a sus amigos.


    Al llegar a la treintena, Lorena había descubierto hacía ya mucho que la belleza atrae al poder como la miel a las abejas o la mierda a las moscas y, poco a poco había ido escalando en la pirámide social en su búsqueda de lo que para ella era el amor verdadero, es decir, de un hombre que cubriera sus necesidades. Sus novios ahora solían ser empresarios con casi tantos años como millones en el banco, aunque a ella eso no le importaba, porque, sin prisa pero sin pausa, se había ido acostumbrando a que se esforzaran por conquistarla tirando de tarjeta de crédito y había acabado perdiendo el pudor que sentía al principio cuando sus pretendientes la agasajaban comprándole alguna joya, un vestido de alta costura o la invitaban a París un fin de semana.


    Y el tiempo siguió pasando. Y Lorena, que ya se acercaba peligrosamente a la cuarentena y cada día dedicaba más horas al gimnasio y a su cuidado personal, había comenzado a pedir a su último novio que le costeara un tratamiento rejuvenecedor en vez de un viaje glamuroso o una cena en un restaurante con estrellas Michelín e intentaba no fijarse en que, el empresario de turno, cada vez la llamaba menos y cada vez se fijaba más en las jovencitas de veinte años que eran casi tan guapas como ella lo había sido una vez.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook