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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 07
    Diciembre
    2014

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    La “pagafantas”

    Marcos, el gran amor de Sole, era un tipo simpático, uno de esos que amenizan todas las reuniones de amigos con sus bromas y su ingenio, el rey de las fiestas, vamos, y mi amiga estaba tan loca por él que, cuando las cosas empezaron a irle mal en su negocio con la llegada de la crisis, ella no dudó en echarle una mano tirando de sus ahorrillos. El problema fue que, en vez de redoblar sus esfuerzos para sacar la empresa adelante, Marcos comenzó a desatenderla y a pasar más tiempo en el bar que currando, a pesar de que las facturas se acumulaban de igual modo. Había que pagar el alquiler del local, de la maquinaria, la cuota de autónomos y la luz, además de los gastos de la casa común, así que para cuando se vino a dar cuenta, Sole ya se había pulido más de veinte mil euros de lo que con tanto esfuerzo había reunido durante años, mientras que Marcos llegaba a casa borracho cada noche y su relación hacía aguas por tantos sitios que achicarla se hizo completamente imposible.


    Se separaron. Y aunque él le juró por su vida que ella recuperaría cada céntimo de lo que le había prestado, Sole tenía clarísimo que ya lo podía apuntar en un bloque de hielo, porque tururú.


    Al cabo de un tiempo, cuando mi amiga logró olvidar por fin a aquel hombre que le había devastado el corazón y la cuenta corriente, Sole conoció a Orlando. Orlando era casi tan divertido como lo había sido Marcos. Y atento. Y cariñoso. Así que inevitablemente Sole se enamoró locamente de él.


    Su nueva pareja le mandaba enormes ramos de flores, la invitaba a cenar y no permitía que ella pagara jamás, además de tratarla como a una princesa.  Así que al cabo de algunos meses de lo que ella llamaba momentos mágicos y que cualquier otro algo menos romántico llamaría polvos de esos intensos mirándose a los ojos, decidieron comprarse una casa juntos. Fue entonces cuando Orlando confesó a Sole, avergonzadísimo, que tenía una deuda enorme con Hacienda a raíz de un viejo proyecto que se le había ido al garete y que le impedía pedir ningún préstamo hipotecario, y mi amiga, que estaba enamorada hasta las trancas y tenía el convencimiento de que aquel era el hombre de su vida –también-, apechugó con la deuda de su gran amor y terminó de liquidarse lo que le quedaba en su propia cuenta corriente. No obstante, lo peor fue que, a lo largo del primer año de convivencia, Orlando resultó no ser ni tan atento, ni tan cariñoso y lo de la generosidad no era sino una forma de búsqueda de aceptación social que lo hacía invitar a conocidos y desconocidos incluso cuando tenía la cuenta en números rojos y que obligaba a mi amiga a hacerse cargo de la mayor parte de los gastos de la casa la mayor parte del tiempo.


    Sole se desenamoró. Y al cabo de unos pocos meses, Orlando hizo las maletas y se fue tras haber llegado ambos a un acuerdo económico que estipulaba que él le devolvía lo que ella le había prestado mediante la cesión de su parte de la vivienda común.


    Pasó más tiempo.


    Una noche, Sole conoció a un hombre muy atractivo. Antonio, se llamaba. Fue casi un flechazo y la pareja comenzó a salir desde el día siguiente. Antonio resultó ser divertido, amable y detallista, y todo parecía ir sobre ruedas hasta que llegaron las fiestas navideñas:


    Al parecer, a Antonio le gustaba bucear y en más de una ocasión le había insinuado a Sole lo feliz que lo haría si aquella Navidad le regalaba un reloj de esos especiales para la práctica de submarinismo, así que, desoyendo los consejos de su familia y amigos, conocedores todos de su excesiva generosidad y su historial amoroso, mi amiga decidió hacerle el gusto y gastarse la paga de diciembre en el relojito de marras. Sin embargo, cuál sería su sorpresa cuando, al llegar la noche de autos, la pobre Sole se encontró con que su querido Antonio le había correspondido con creces comprándole… el último éxito literario de Arturo Pérez-Reverte.
     

     

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