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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 31
    Agosto
    2014

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    La pasión de Cristo

    Conocí a Cristo una Semana Santa de hace ya unos años. No se confundan, no estoy hablando de que se me apareciera el Espíritu Santo y me convirtiera en una devota creyente de la noche a la mañana. Soy un caso perdido para las religiones en general y la católica en particular, aunque obviamente una se crio donde se crio y tiene la influencia educacional que tiene; qué se le va a hacer. No. A lo que me refería es a que fue la noche de un Jueves Santo cuando me presentaron a aquel tipo de boca generosa y mirada turbia que, pese a llamarse como el prota del best seller El Nuevo Testamento, tenía más bien poco pelo y el rostro lampiño.


    La cosa fue así:


    Hacía poco que se había puesto de moda lo de salir los jueves por las noches y mis amigas y yo, que nos apuntamos a un bombardeo, decidimos subirnos al carro de la nueva tendencia, porque además al día siguiente era festivo y no necesitábamos una excusa mejor. Así que después de unas cuantas horas en peregrinación de bar en bar y de haberme tomado los suficientes gin-tonics como para empezar a tener claro que al día siguiente iba a arrepentirme de haber bebido tanto, de haber salido de marcha y hasta de haber nacido, en uno de nuestros repetidos y cada vez más eufóricos brindis por la amistad me percaté de que una de mis acompañantes había desertado y se había ido a una esquina del local a charlar con un grupo de tíos que le hacían corrillo visiblemente encantados de que por fin alguien les riera las gracias.


    He de decir, en honor a la verdad, que las cosas con Cristo no comenzaron muy bien que digamos, y todo porque cuando me lo presentaron y escuché su nombre, tan poco común actualmente, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle qué tal había ido la última cena y si cada vez que partía el pan se lo daba a sus amigos diciendo aquello de: –Tomad y comed…-. A sus “discípulos” les hizo mucha gracia mi ingenio etílico, pero el aludido, sin embargo, me miró como si lo hubiese negado tres veces o, peor aún, vendido por un puñado de monedas de plata. No obstante, ya dice la canción que la noche es larga y la carne es débil, y al cabo de un par de horas y otras tantas copas más, no me pregunten cómo, ni sobre todo por qué, pero de repente me encontré comiéndome los morros con Cristo, y perdónenme la herejía, en el rincón más oscuro del bar.


    La mañana nos sorprendió buceando bajo las sábanas de mi cama y, para no entrar en detalles escabrosos que escandalicen a los más beatos, ni llevarme una reprimenda de mi madre, o de mi jefe, o de los dos, sólo les diré que Cristo y yo tuvimos nuestro propio viernes de pasión, aunque sin dolores, afortunadamente. Luego, por la tarde, cuando se fue, Cristo prometió volver al día siguiente y para mi sorpresa, lo hizo. Y al otro. Y también al otro… Pero no se hagan ilusiones; allí no había amor ni ganas de que lo hubiese, sólo una atracción sexual devastadora que nos impedía salir de la cama más que para lo imprescindible; y a veces ni eso.


    Sin embargo, un día, al cabo de casi un mes de tórridos encuentros, Cristo no apareció por mi casa cuando comenzaba a caer el sol tal y como había venido haciéndolo hasta entonces. Ni al siguiente. Ni tampoco al otro. Y cuando me llamó por fin, después de toda una semana sin haber dado señales de vida, su voz sonó esquiva y distante al explicarme que estaba fuera de la ciudad por trabajo y no podría verme hasta pasadas unas cuantas semanas más. Y cómo más sabe el diablo por viejo que por diablo y a estas alturas del partido yo no me fio ni de mi sombra, ni corta ni perezosa, abrí el Facebook, lo busqué… Y me encontré con que era cierto que estaba de viaje, pero de viaje de luna de miel, porque se había casado hacía unos días.
     

     

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