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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 05
    Mayo
    2014

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    La toalla

     

    Andrés parecía lo suficientemente inteligente, ingenioso, guapo y educado como para que mi amiga Cristina, que hace gala de tantas virtudes que con frecuencia se olvida de que también tiene defectos, le diera  su número de teléfono cuando lo conoció una tarde de sábado en la sección de alimentos macrobióticos del súper más pijo de su barrio. De todas formas, no quiso hacerse demasiada ilusiones, porque ya ha toreado en unas cuántas plazas y sabe desde hace mucho que a pesar de que un hombre pueda parecer entusiasmado con una mujer en un momento dado, perfectamente se puede dar el caso de que en cuanto se de la vuelta, si te he visto, no me acuerdo. Sin embargo y para su sorpresa, al día siguiente Cristina recibió un whatsapp en el que Andrés la invitaba a cenar al restaurante vegetariano de moda y mi amiga aceptó encantada, porque encontrar un hombre que le resultase atractivo ya era excepcional, pero que además ese hombre compartiera sus gustos alimenticios era casi tan raro como el milagro de los panes y los peces.


    De todas maneras, como estaba ya más que harta de chascos y decepciones con citas en las que había depositado demasiadas expectativas y habían terminado prácticamente como el rosario de la aurora, y de encontrarse a príncipes azules que resultaban ser ogros verdes desde que se les desteñía el disfraz a golpe de groserías y mezquindad, llegado el día del encuentro, Cristina se puso de punta en blanco, pero también metió en el bolso una buena dosis de reservas y desconfianza. No obstante, en el trascurso de la cena, Andrés se mostró como el tipo amable y culto que le había parecido desde un principio, así que finalmente, Cristina decidió dejar buena parte de sus dudas junto con la generosa propina que su acompañante incluyó al total de la cuenta después de insistir vehementemente en pagarla.


    En los días sucesivos, Cristina  y Andrés bailaron como locos en el concierto de un grupo que les encantaba a ambos, pedalearon por la ciudad en sus bicis alquiladas, hicieron un picnic en el parque y fueron conociéndose, sin prisa, pero sin pausa, y echando leña al fuego de la pasión que sin duda existía entre ellos, a base de carantoñas y arrumacos, mientras la muchacha se sorprendía casi a cada hora que pasaba junto a aquel hombre de que el príncipe azul no se le hubiera quedado ya en pitufo, pero dejando bien visibles en el camino del enamoramiento todas las reservas de las que se iba desprendiendo lentamente, no fuera que se perdiera en el bosque de las emociones que Andrés empezaba a despertar en su interior y, cual Pulgarcita, tuviese que utilizarlas de guía para desandar sus pasos y regresar al punto de partida totalmente indemne.


    Al cabo de un par de semanas de apasionados encuentros, Andrés invitó a Cristina a cenar a su casa, y ésta supo de inmediato que aquella noche tendría lugar el magno evento, así que se depiló, compró una botella de vino y advirtió a sus amigas que no la llamasen hasta después del mediodía del día siguiente, pues preveía una noche muy larga y una mañana entre sábanas.


    …La cena fue perfecta, con velas, música suave y toda la parafernalia romántica de rigor, y Cristina apenas sí podía esperar a que llegase por fin la hora de entrar en materia, así que cuando Andrés empezó a besarla en el sofá del salón en el que se sentaron después del postre, la joven se dejó llevar... Y precisamente porque dio por sentado que él compartiría su entusiasmo y sus ganas, Cristina no podía dar crédito cuando, ya sin ropa y a punto de pasar a palabras mayores, Andrés se paró en seco y le pidió que esperase un segundito porque iba a buscar una toalla para evitar que se manchase el sillón. Perpleja, ella propuso que se trasladaran al dormitorio, y cual sería su sorpresa cuando él respondió que no quería arriesgarse a arruinar su nuevo colchón viscoelástico y ergonómico. Sobra aclarar que Cristina recogió su ropa, se vistió lo más aprisa que pudo y salió para siempre de la casa y la vida del rarito aquel.
     

     

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