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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 06
    Mayo
    2014

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    Las apariencias engañan

    Mi amiga Luisa era católica, apostólica y gaditana. Lucía collares de perlas, vestía de beige la mayor parte del tiempo y exclamaba “córcholis” cuando se le cortaba la mayonesa, es decir, en contadísimas ocasiones. Sin embargo, y a pesar de que, indudablemente, nos parecíamos lo que un huevo a una castaña, era también una persona tolerante y divertida, así que cuando nos conocimos en un curso de formación, hace ya muchísimos años, nos hicimos amigas casi inmediatamente.


    Pasaron los años, y cuando, según el criterio que modeló con precisión la educación que recibió de sus padres y del colegio de monjas donde estudió, llegó el momento de hacerlo, Luisa se casó por la iglesia y vestida de blanco, por supuesto, con un apuesto militar de expediente impecable e impecable moral, y los niños, cómo no, llegaron poco después; dos preciosas muñequitas que apenas se llevaban un par de años entre ellas y por cuyo nacimiento Luisa recibió una joya carísima tal y como determinaba la tradición familiar.


    La pareja se rodeaba de un selecto grupo de familias igual de perfectas que la propia, todas ellas, como ellos mismos, de clase acomodada, con las que asistían a la misa dominical y a los posteriores almuerzos de cochinillo y buen vino en algún restaurante que dispusiera de área de juegos para la cohorte de críos ataviados con pantalones cortos y vestiditos de volantes que acompañaban a sus padres allá donde fueran. Por mi parte, yo intentaba evitar asistir a semejantes despliegues de amor conyugal y armonía familiar y me inventaba una excusa cada vez que Luisa insistía en que los acompañara al encuentro de los domingos. Sin embargo, un fin de semana la propuesta resultó ser algo más atractiva: los habituales y alguno más habían organizado una cena en un restaurante de moda y, como además Luisa me prometió que vendría algún soltero interesante, esa vez sí que acepté…


    Los solteros que asistieron a aquel encuentro de viejos amigos lucían polo de marca con jersey echados sobre los hombros y mocasines con borlas, así que no despertaron mi interés en lo más mínimo pero, contra todo pronóstico, lo pasé muy bien durante la velada y cuando me di cuenta eran las tres de la mañana y compartía bromas y güisquis on the rocks en un garito de diseño con una panda de pijos borrachos.


    La noche se alargó más de lo previsto, cerraron el bar y de los cuatro que quedábamos, uno de ellos, enviado a un país sudamericano como presidente de una importante empresa nacional devenida en multinacional que había venido a la ciudad por negocios dejando a su familia de mujer perfecta y  tres churumbeles cómodamente instalada en el chalet de lujo que la compañía le pagaba al otro lado del océano, sugirió que nos fuéramos a su hotel a saquear el mini-bar y, atolondrada como estaba yo por los efectos etílicos, acepté la propuesta sin pararme a echar cuentas: éramos dos hombres y dos mujeres.


    El hotel era el más caro de la ciudad, el bar, que de mini tenía poco, estaba bien surtido y la cama donde nos sentamos los cuatro a brindar, sin que yo siquiera me percatase de que podíamos haberlo hecho en los cómodos sillones de los que disponía la habitación, era inmensa. Y allí estaba yo, riéndome a mandíbula batiente entre tres desconocidos, cuando de repente mi congénere empieza a morrease con el ejecutivo pijo aquel… Atónita, apenas si tuve tiempo de plantearme lo que estaba pasando, porque antes de que pudiese reaccionar el  otro componente del cuarteto se me estaba tirando a la yugular… Y entonces yo me levanté de un brinco, cogí mi bolso y les dije que lo sentía mucho,pero que, en esta ocasión, iban  a tener que tocar sin el chelo. Y salí de allí como alma que lleva el diablo intentando, probablemente sin éxito, mantener la compostura.


    Al día siguiente mi amiga Luisa, que se había retirado la noche anterior a una hora prudencial, me llamó para pregúntame cómo había acabado la fiesta y yo le contesté que muy bien, gracias, a sabiendas de que jamás me hubiese creído si le contaba lo que había ocurrido en realidad.
     

     

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