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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 28
    Marzo
    2014

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    Las copas son el diablo

    Una mañana de sábado cualquiera, sentada frente a un bloody mary doble -y con doble no me refiero precisamente de zumo de tomate- y con las gafas de sol tamaño familiar caladas hasta el hipotálamo, me contaba una de las tantas amigas que se hallan aún inmersas en la búsqueda del hombre de sus vidas, pero disfrutando muy inteligentemente de lo que se les va apareciendo por el camino, que hacía unos meses le había empezado a gustar un caballero que antes ni fu, ni fa. Y decía mi amiga que al principio se había sorprendido, y mucho, de que aquel hombre, que hasta hacía bien poco no la había atraído en absoluto, porque físicamente era del montón, intelectualmente no es que fuera el hijo de Eduard Punset, ni  era tampoco el hermano pequeño de Buenafuente a la hora de echar risas, le hubiese resultado así, como de un día para otro, irremisiblemente atractivo, pero como mi amiga no tiene ni un pelo de tonta, lo había achacado a que quizás, pero sólo quizás, estuviese ella entrando ya en esa edad incierta que ronda en torno a los malditos cuarenta, en la que la mayoría de los hombres que de verdad merecen la pena llevan al menos un lustro casados con unas mujeres igual de estupendas que ella, y que la escasez de materia prima a la hora de ligar la había conducido al inevitable aburrimiento y, por tanto, a la inmediata bajada del listón. Vamos, que podría ser que fuese porque estaba de vacas flacas, cuando hasta hacía unos pocos años se permitía el lujo de rechazarlos a pares.


    Así que por lo que se ve, decidió darle, y darse, una oportunidad, y empezaron los dos la tediosa fase de cortejo. Un par de cenas, alguna peli en el cine, y una noche deciden, sin planteárselo en realidad, alargar la velada e ir a tomar unas copas a algún bar de moda. Entre una cosa y la otra, me contaba mi amiga con tono apesadumbrado, habían terminado bebiéndose hasta el agua de los floreros, y allí estaba ella, dándolo todo en la pista de baile de la terraza de turno, cuando empieza a sentir que todo le da vueltas, incluido el lenguado meuniere que había cenado hacía un rato. Como puede, llega hasta los servicios, y la imagen del espejo le devuelve a una rubia de tez amarillenta y aspecto demacrado que la mira con cara de susto. De repente, le fallan las piernas y empieza a temblarle todo el cuerpo, y es entonces cuando decide pedirle a una que pasaba por allí, que por favor, por favor, por favor, vaya en busca de su caballero andante, al cual le describe con cuatro pinceladas para evitar equívocos, y que le diga que a su proyecto de novia le ha dado un jamacuco y es incapaz de dar ni un solo paso por sí misma. La que pasaba por allí se encoge de hombros y va en busca del mencionado caballero, no sin antes dejar a mi amiga bien apuntalada contra la pared. Al cabo de apenas unos minutos, llega Don Quijote en pos de su damisela en apuros y, con delicadeza y ternura, la saca del local y pide un taxi para ambos…


    Y estaba Dulcinea pidiendo al cielo que no permitiese que aquel hombre tan atento la viera peor de lo que ya estaba, cuando ocurrió lo que era casi inevitable, dadas las circunstancias: El traqueteo del vehículo, las curvas del camino, el nivel de alcohol en sangre, y cómo no, la mala suerte, hicieron de las suyas, y lo siguiente que ocurrió tras el espectáculo en cuestión fue que el taxista frenó en seco y los echó como a agua sucia, despotricando sobre la guarrería que mi indispuesta amiga había dejado en la mampara divisoria, el asiento trasero y, horror, terror, pavor, los pantalones de su chico, aunque esto último, lo que es al chófer, le importó bastante menos.


    El ya ex proyecto de novio pidió otro taxi, la metió en él y la mandó a su casa sin despedirse… No ha vuelto a saber de él hasta la fecha, pero era mucho pedir que fuera de otra manera, ¿no creen?
     

     

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