Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 07
    Mayo
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Los malos modales

    A estas alturas del partido quien no tenga ya claro que las citas perfectas son casi, casi una leyenda urbana, o es un tonto, o un ingenuo.  El “casi” viene a ser el beneficio de la duda que le concedo a la posible aunque improbable existencia de uno de esos momentos en los que se alinean los planetas, encuentras a la persona adecuada, tienen los dos un buen día y no se te enganchan las medias nuevas en algún saliente traidor que te deja un carrerón de muslo a tobillo, por poner algún ejemplo, y ese primer encuentro lleno de expectativas y ensoñaciones románticas se desarrolla como en las películas más ñoñas de las superproducciones norteamericanas. Pero si existen, yo aún no he tenido la fortuna de experimentarlas, así que, como la gran mayoría de nosotros, en una buena parte de las ocasiones o he desestimado al pretendiente por siempre jamás, con cualquier excusa lo suficientemente poco creíble como para que pillase la indirecta y no volviese a llamarme, o no me ha quedado más remedio que pasar por alto que mi acompañante necesitase urgentemente fundas en los incisivos, hablara de su madre con demasiada frecuencia ,o propusiera pagar la cena a medias. Era o eso o meterme a monja en un convento carmelita y, qué quieren que les diga; el marrón es un color muy poco favorecedor.


    Así las cosas, tras años de decenas de citas desastrosas, otras sencillamente aceptables y, las menos, esperanzadoramente prometedoras, cuando aquella amarilla tarde de otoño conocí a Ernesto en el curso de cocina al que me había apuntado más por aburrimiento que por verdadera vocación, me gustó tanto, pero tanto, que hasta le permití probar mi panna cotta, y aquí he de aclarar a todos los que no lo sepan y ya estén pesando cosas raras, que se trata de un delicioso postre italiano y no de una extraña perversión sexual. Lamento decepcionarlos.


    Por eso, porque me encantaron su sonrisa franca y su mirada oscura, cuando al final del día Ernesto me propuso que cenáramos juntos un día de aquellos, yo acepté sin dudar y a pesar de que no había entrado en una iglesia desde que mis padres me obligaron a hacer la primera comunión vestida de princesa de alguna casa real caída en desgracia, hacía ya más años de los que quería recordar, recé unos cuantos Padrenuestros con otros tantos Avemarías y hasta puse unas cuantas velas a todos los santos que conseguí recordar, que no fueron demasiados, no voy a engañarlos, para que aquella primera cita, que emplazamos para el fin de semana siguiente, no resultara un completo fracaso.


    Llego por fin el gran día, y yo estaba tan entusiasmada con el magno evento que hasta me   compré un lápiz de labios nuevo. Como mandan las leyes no escritas de las primeras citas, llegué al restaurante diez minutos más tarde de la hora acordada. Y allí estaba Ernesto... Nos sentamos en la mesa que él se había preocupado de reservar, y la primera y única sorpresa grata de la noche, aunque esto último yo ni siquiera lo imaginaba aún, fue que mi acompañante delegara en mí toda la responsabilidad de escoger entrantes, vino y hasta ambos segundos. Encantada, pues normalmente los hombres se sentían incómodos si yo tomaba la iniciativa, pedí por los dos, probé el vino y fue entonces, cuando tomó su primer sorbo, cuando todo el castillo de ilusiones que yo había construido en torno a aquella noche empezó a desmoronarse a mi alrededor…


    Porque Ernesto sorbía ruidosamente, empuñaba los cubiertos como si aquel chuletón no procediera de una vaca ya muerta y quisiera terminar de rematarla acuchillándola, se inclinaba sobre su plato como si tuviese miedo de que alguien se lo arrebatara, masticaba haciendo un ruido insoportable y me mostraba todo el contenido del interior de su boca cada vez que hablaba, cosa que no paró de hacer durante toda la noche. Una pesadilla cuyo colofón fue, sin duda, el instante en el que mi refinado amigo miró con evidente satisfacción al camarero que le retiraba el plato del postre vacío y soltó un eructo tan sonoro que hizo temblar el contenido de la copa de agua.
     

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook