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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 29
    Junio
    2014

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    Machote

    Hace unos años, antes de conocer a la mujer que consiguió que Miguel cesara en su constante afán por mejorar el último mejor polvo de su vida, se enamorase y pasase por vicaría, mi amigo se prendó de la piel morena y el pelo azabache de una joven andaluza que, huyendo de las temperaturas extremas de su propia tierra, pasaba sus vacaciones estivales en nuestra ciudad, en compañía de sus mejores amigas y de su radiante juventud. Tras muchos halagos, sonrisas, cenas, chistes, rosas, paseos a la luz de la luna y, en definitiva, mucha vendida de moto antiguamente conocida como cortejo, Natalia, pues así se llamaba aquella belleza cordobesa, acabó sucumbiendo a los encantos que Miguel desplegó ante ella como si fuesen la alfombra roja de los Óscar, y la pareja de amantes pasó entre risas y sábanas el resto del descanso estival de la muchacha, que había decidido liarse la manta a la cabeza con aquel canario tan guapo y tan “resaláo” y hacer caso omiso a las quejas airadas de sus compañeras de viaje, que evidentemente, no volvieron a verle el pelo hasta el día que se encontraron en el aeropuerto para coger el avión que las devolvería a sus respectivas vidas.


    Y tanto le gustó Natalia a Miguel que, el día de la despedida y sin dudarlo, éste le prometió con vehemencia que ahorraría hasta  el último céntimo y se desplazaría hasta Córdoba en cuanto tuviese ocasión. Y así lo hizo: al cabo de algunas semanas, mi enamoriscado amigo voló hasta la ciudad en la que habitaba su bella amante con la firme intención de pasar con ella todo el fin de semana y desquitarse de lo mucho que se había acordado de ella todo el tiempo que había durado su separación forzosa.


    El reencuentro de la pareja fue tan apasionado que Miguel sólo vio la famosa mezquita en el folleto que le dieron a su llegada a la ciudad, porque en todos los días y las noches que estuvieron juntos los entusiastas amantes no salieron de la cama más que para atender las diversas llamadas de la naturaleza. Sin embargo, a media tarde del domingo a Miguel no le quedó más remedio que bajar corriendo a la farmacia de guardia más cercana para reabastecerse de preservativos. El fin de semana debía de haber sido movidito en la ciudad, porque en las existencias del establecimiento sólo quedaban unas pocas cajas de doce unidades, y aunque Miguel sabía que ni el cuerpo, ni las tres horas que faltaban para que tuviese que irse al aeropuerto, le daban ya para tanto, compró una caja y volvió a la cama de Natalia para despedirse de ella con todas las de la ley. Más tarde, cuando llegó el momento del adiós, y mientras se daban un último beso en la puerta de su apartamento, ella, juguetona, introdujo en los bolsillos de la cazadora de Miguel el tanguita que a él tanto le había gustado y los diez condones que no habían utilizado, argumentando que aquel sería, sin duda, el mejor souvenir de un inolvidable fin de semana, y él se encogió de hombros y la dejó hacer, porque además, ya iba con retraso.


    … Pero ocurrió que cuando aquel guardia civil aburrido vio al muchacho despeinado y ojeroso que intentaba pasar el control de seguridad del aeropuerto a toda prisa y con tan sólo una mochila al hombro, no lo dudó y le dio el alto. -“Vacíe los bolsillos”-, le ordenó el agente, con cara de pocos amigos, cuando, para su decepción, no encontró nada sospechoso en la mochila del joven, y a Miguel casi le da algo al recordar lo que Natalia había metido en ellos hacía un rato. –“Puede explicarlo, agente”-, balbuceó mi amigo, muerto de vergüenza, cuando depositó sobre la mesita que tenía frente a sí, los condones y las bragas de su amante. Pero entonces una sonrisa cómplice se dibujó en el hasta entonces severo rostro del guardia civil, y cuando Miguel vino a darse cuenta, éste estaba palmeándole la espalda afectuosamente y diciéndole, regocijado: -“¿Pero qué me vas a explicar, pillín? ¡Si te has portado como un machote!”-. Perplejo, Miguel recogió sus pertenencias y cogió su avión.
     

     

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