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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 05
    Abril
    2015

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    Madrastras modernas

    “El mercado está fatal. No hay ningún tío que valga la pena”, solían asegurar a Cristina sus amigas solteras o separadas cada vez que ésta encontraba un hueco en su apretada agenda para poder quedar con ellas y quejarse de lo harta que estaba de su marido y de lo poco que le faltaba para mandarlo a freír monas y largarse con viento fresco.


    Cristina, como una buena parte de las féminas de su mismo estatus y edad, se había casado poco antes de cumplir la treintena, había tenido el primer hijo pocos años más tarde y no mucho después llegó la parejita, la hipoteca y una asfixiante rutina que obligaba a las manecillas del reloj a correr casi a punta de pistola. Así que ahora, tan cerca de los temidos cuarenta que incluso se había hecho a la idea de haberlos cumplido ya, Cristina convivía con dos críos en edad escolar y un marido al que sólo veía los fines de semana a la hora de comer o de echar el polvo sabático de rigor. Y eso si alguno de los dos no estaba demasiado cansado... Tenía, además, un trabajo que se llevaba más de ocho horas de sus interminables jornadas, una asistenta que la ayudaba con las tareas del hogar más tediosas y un perro que había sido el regalo de Reyes de los chiquillos hacía ya algunos años y que, como era de esperar, había pasado a ser también su responsabilidad cuando ellos se habían hartado de la parte menos divertida de tener una mascota. Y tenía, sobre todo, ganas de llorar a todas horas.


    Cristina lloraba porque estaba harta. Harta de no tener vida. Harta de que su marido apenas la mirase, de no tener tiempo ni para pintarse las uñas de los pies, del capullo de su jefe, que la trataba con amable condescendencia cuando en realidad ella era mil veces más lista y eficiente que él, de ocuparse sola de las necesidades de los chiquillos y de la casa y, sobre todo, estaba harta de ser alguien distinto a quien era verdaderamente, pero no encontraba las fuerzas para dejarlo todo y comenzar de nuevo.


    ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo abandonar a su familia, la comodidad de su hogar, la tranquilidad de un puesto de trabajo fijo? No podía. No tenía valor… Hasta que un día, Ernesto, su marido, llegó a hurtadillas, como venía haciendo desde hacía ya tanto, se acostó a su lado oliendo a un perfume que no era el suyo y al día siguiente, sin mediar explicación alguna, Cristina hizo las maletas y se fue.


    En apenas unos meses, Cristina había alquilado un apartamento, mandado a su mediocre jefe a tomar por saco y empleado sus ahorros en montar la pequeña empresa con la que siempre había soñado. Además, peleó como una leona para obtener la custodia compartida de sus hijos y sonrió para sus adentros cuando el juez se la concedió y dictaminó que fueran los padres los que se turnaran en la casa familiar para que los niños no sufrieran tanto con el cambio, imaginándose a su ex lidiando con los deberes, las cenas y la ropa sucia de su desastrosa descendencia.


    Apenas un año después de haber comenzado su nueva vida, Cristina era una mujer independiente y feliz que parecía haberse quitado diez años de encima y volvía a sonreír. Y fue entonces cuando conoció a Carlos, un hombre amable, tranquilo y cariñoso  del que se enamoró  casi sin querer.


    Carlos la apreciaba como jamás había hecho su marido y la quería con inesperada devoción, así que todo parecía ir sobre ruedas en su relación cuando su nuevo amor decidió que ya era el momento de presentarle a sus propios hijos, dos adolescentes producto de su también fallido matrimonio previo que, por mucho que Cristina se esforzara, desde el primer momento la trataron como a la madrastra de Cenicienta y emplearon todas sus fuerzas en hacerle la vida imposible, mientras que su padre, como la gran mayoría de los hombres separados,  se sentía tan culpable de haber roto la estructura familiar que, en el mejor de los casos, miraba hacia otro lado y en el peor, tomaba partido por su progenie.

     

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