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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 12
    Abril
    2015

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    Las Palmas Gente desamor relaciones

    Malos tiempos para el amor

    Mi amiga Cristina dice que o cuento su último desengaño amoroso y expongo al escarnio público al capullo que le ha roto recientemente el corazón –lamentablemente, el último de una larga lista-, o rompemos relaciones, así que no me queda otra que ceder a sus presiones porque Cristina y yo somos amigas desde párvulos y, al fin y al cabo, hay que reconocer que la anécdota es para contarla…


    Es mi obligación, no sólo como amiga de la protagonista, sino también como contadora de historias, advertirles de una cosa antes de detallar su última catástrofe amorosa: Cristina es bastante inmadura. A ver, ‘cuidáo’, que no digo yo que mi amiga no sea una mujer estupenda, que lo es –y aunque no lo fuera, cualquiera dice aquí lo contrario. Pero no. Lo es. De verdad de la buena- . Cristina es aceptablemente mona, razonablemente lista y bastante divertida. Pero tiene la madurez emocional de una adolescente neurótica. Es lo que hay.


    ¿Que cómo lo sé? Fácil: Cristina aún cree en flechazos, en que el estado de enamoramiento es para siempre, en que el hombre que la quiera no deseará despegarse de ella ni un solo segundo de su vida y así con el largo etcétera de topicazos que Disney primero y Hollywood después, pasando por las edulcoradas historias del Moccia, las ridículas Sombras de Grey y alguna que otra nefasta influencia literaria o cinematográfica, ya que desafortunadamente hay para dar y regalar, han alimentado insaciablemente hasta convertir a muchas de mis congéneres, por no decir a la gran mayoría, en carne de cañón para aprovechados y listillos que parecen que las huelen, oigan.


    Cuando hace cosa de dos meses Cristina llegó contándonos que hacía un par de semanas había conocido al hombre de su vida, que ahora sí que sí, que éste de verdad que la entendía y aceptaba como era, que la adoraba y quería tener cuatro hijos con ella, todas, cómo no, nos llevamos las manos a la cabeza. “Mira que te lo hemos dicho, maja, que la ‘ralera’ trae cagalera y que las prisas no son buenas sino para el primer día de rebajas”, le repetimos por décimo quinta vez todas y cada una de nosotras. Pero nada. No hubo forma de bajar a nuestra amiga del estado de enajenación al que la habían conducido cuatro polvos bien echados y tres frases magistrales y, no teníamos duda alguna al respecto, de manual de ligón profesional.


    Así que, como la queremos, todas nos dedicamos a contemplar desde la distancia que ella impuso para evitar, y cito, que le cortáramos el rollo, como Cristina pasaba del estado de total enamoramiento al de la más absoluta desesperación cuando, de llamarla cinco veces al día, su futuro esposo pasó a no responderle a sus insistentes llamadas, de no querer salir de la cama, a saltar de ella con muchísimas prisas en cuanto terminaba el magno evento y de querer casarse con ella al más cruel “no me agobies, tía”. Y empezamos a preparar la red para que el golpe no fuera tan duro cuando se cayera de la nube.


    Pobre Cristina, incapaz de entender qué había hecho mal, por qué aquel hombre parecía estar huyendo como alma que lleva el diablo cuando hasta hacía nada había querido compartir con ella el resto de su vida y, sobre todo, incapaz de darse cuenta de que había sido precisamente su entrega sin reservas, su falta de misterio y su precipitada rendición, los que habían hecho que aquel hombre perdiera todo interés en la conquista y, tras arrancar la lanza de la presa abatida con demasiada facilidad, quisiera irse en pos de otra que presentara un reto mayor.


    Ni que decir tiene que, apenas un par de meses después de haberlo conocido, el experto cazador desapareció de la faz de la tierra después de escribirle un sentido wasap explicándole que no era ella, sino él, que se había dado cuenta de que no estaba preparado para el compromiso, que lo perdonara y que por favor, dejara de llamarlo y de pasarle mensajitos que sólo conseguían hacerlo sentir peor de lo que ya se sentía. Pobre.

     

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