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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 22
    Mayo
    2014

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    Mariquita la fantástica

    Aunque el historial de los relatos de esta columna, calificados por algunos como ‘hembristas’ y con abundantes críticas hacia ciertos comportamientos masculinos, pueda sugerir que jamás tiraré piedras contra mi propio tejado reprobando las actuaciones de mis congéneres, no negaré que hay algunas de ellas que me horrorizan y hasta hacen que me avergüence de mi género, y conste que me refiero tanto a determinadas conductas como a las féminas que las protagonizan: mostrar envidia hacia las supuestas amigas, utilizar a los hijos como arma arrojadiza contra el exmarido, saltarse las reglas más básicas de la lealtad coqueteando con el novio o marido de una amiga… Y así, un largo etcétera, lamentablemente tan frecuente como vergonzoso. Porque reconozcámoslo, chicas: A veces ellos tienen razón. Hay ocasiones en las que no andan del todo desencaminados cuando nos acusan de inmaduras, inestables, o caprichosas. Y algunas de esas veces hasta damos vergüenza ajena.


    Entre los comportamientos que da risa presenciar en las de mí mismo sexo y que a mí particularmente me producen el conocido Síndrome del Avestruz, es decir, que me entran ganas de enterrar la cabeza en el suelo y fingir que he desaparecido de escena repentinamente, no cabe duda de que uno de los peores es el que muestran algunas mujeres durante sus primeras citas. Y precisamente sobre ellas me hablaba mi amigo Ramón en un encuentro reciente para tomar un café y ponernos al día.


    Ramón es un tipo normal, es decir, que es, como la mayoría de los hombres,  bastante inmaduro, no demasiado valiente, tremendamente sexual y desde luego, algo superficial, y con esto último me refiero a que pertenece al grupo de varones que prefiere una cara bonita y un cuerpo de portada de revista a un corazón generoso o una cabeza bien amueblada. Por eso, porque mi amigo daba y sigue dando incuestionable prioridad al aspecto físico y desdeña otras cualidades infinitamente más importantes y desde luego menos volubles, Ramón no había tenido demasiada suerte con el sexo opuesto, y sus novias le habían durado siempre lo que le duraba el calentón.


    Así que me contaba Ramón que, cuando conoció a Paloma, una ilustradora de cuentos infantiles con la que coincidió en un foro sobre una afición común, por una vez se esforzó en pasar por alto que aquella mujer no fuera una tía buena de esas de quitar el hipo y además estuviese ya próxima  a la cuarentena, ya que era igual de cierto que, durante los días que duró el intercambio de mensajes privados en Facebook y wasaps cada vez más íntimos, también le pareció divertida, culta y atrevida, características todas que le resultaban sumamente atractivas, al margen del ancho de sus caderas y la tersura de su rostro.


    Al cabo de un par de semanas de mensajes repletos de emoticonos sonrientes y guiños de complicidad, e incapaz de seguir esperando, Ramón propuso a Paloma que quedasen por fin para comprobar si lograban superar la prueba de fuego de un encuentro sin nuevas tecnologías de por medio, y acordaron cenar en un restaurante pequeño e íntimo que él sugirió, sin poder ocultar el entusiasmo que le despertaba la perspectiva de conocerla en persona. Así que aquel viernes por la noche, después de afeitarse concienzudamente y elegir cuidadosamente su indumentaria, Ramón se presentó en el lugar acordado a la hora elegida. Dos besos, unas cuantas sonrisas llenas de dientes  y un par de bromas sobre lo cómico de la situación, y la pareja se sentó en un rincón del local apenas iluminado por la luz de las velas. Ramón, que es de los tradicionales y venía con la cartera bien dispuesta, eligió el vino y le pidió al atento camarero los entrantes que habían escogido entre ambos; y esta fue prácticamente la última vez que tuvo ocasión de pronunciar palabra durante toda la noche… Y es que, al parecer, Paloma se dedicó a declamar un interminable monólogo sobre sí misma que, aunque narrado con cierta gracia, al cabo de un par de horas había conseguido que su acompañante perdiera todo interés y se preguntara, horrorizado, de dónde había salido aquella Mariquita la Fantástica tan cansina, con diarrea verbal y el ego de una adolescente.
     

     

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