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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 01
    Abril
    2014

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    Misterios sin resolver

    A todas nos ha pasado: Una noche decides abandonar tu clausura voluntaria, desencajarte del hueco que tus generosas posaderas han ido moldeando en tu cojín del sofá a base de persistencia y tiempo, y aceptar alguna de las propuestas que tus amigas más marchosas se empeñan en hacerte cada fin de semana, a pesar de que saben que lo normal es que respondas con una rotunda e incuestionable negativa. Y es que, por una vez, sus chantajes emocionales han hecho mella en ti, esos que esgrimen con vehemencia y argumentos tales como una vejez prematura, las toneladas de aventuras y diversión que te estás perdiendo mientras permaneces encerrada entre las cuatro paredes de tu fortaleza, o todos los hombres maravillosos que hay ahí afuera, esperando conocer a esa mujer ingeniosa y divertida que tú solías ser antes de que el desencanto y la desgana se apoderaran de ti, amargada, que eres una amargada.


    “Pos bueno, pos fale”. Lo han conseguido. Te han metido el gusanillo en el cuerpo. A pesar de que la última vez que saliste de noche y viste el panorama de hombres depilados dejándose querer con actitud indolente por mujeres totalmente convencidas de ser Carry Bradshaw o, lo que es incluso peor, Samantha Jones, porque ¡cuánto daño ha hecho Sexo en Nueva York a todas las que no vivimos en la Gran Manzana, ni el sueldo nos da para comprarnos unos Manolo’s mes sí, mes no! Pues saldrás, decía, a pesar de que en aquella última ocasión juraste por Dior y todos sus diseñadores, que una y no más, santo Tomás, porque para lo que había en la calle, mejor te quedabas en tu casa, que a ver qué se te había perdido a ti en aquella jungla de lentejuelas y gel fijador.


    Pero ya está decidido: Vas a salir. Después de meses, ¿o son años? de reclusión en tu casita de papel, has tomado la decisión de echarte a la calle ese viernes y ya nada te hará cambiar de opinión. Y les dices a tus amigas, las chantajistas, que sí, que sí, que te apuntas a la inauguración de esa terraza especializada en gin-tonics, con cena previa en el restaurante de tapas más in de la ciudad, y que claro que vas a estrenar vestido, faltaría más, y ya que estamos, total, hasta vas a ir a la pelu y te vas a dejar una pasta en manicura y pedicura.


    Así que llega el viernes y estás hasta ilusionada, además de espectacular, aunque esté mal que tú lo digas, pero tú buen dinero te ha costado. Te has puesto tu mejor vestido, tus tacones más sexy y tu sonrisa más radiante, y has dejado tu escepticismo hecho un ovillo en el cajón de las bragas de diario. Cenas, te tomas tres vinos, te ríes, y acabas dándolo todo en el bar de turno, bebiendo algo que podría ser un gin-tonic si no tuviese un montón de hierbajos dentro, e intentando resultar irremisiblemente misteriosa y atractiva a todos los hombres en apariencia interesantes que te sonríen desde sus puestos de avistamiento.


    Y hasta ahí la noche era incluso previsible.


    Pero entonces conoces a un tipo que te descoloca hasta el wonderbra, uno que no lleva zapatos blancos con cinturón a juego y ni siquiera, y esto si que es difícil de creer, parece estar perdonándote la vida cuando habla contigo. ¡Si hasta parece genuinamente interesado en ti! Y charlas con él toda la noche, os reís, te invita a alguna copa, y finalmente te acompaña a casa y te pide el número de teléfono, antes de despedirse con un beso que te hace temblar hasta las pestañas postizas. Y tú te vas a dormir totalmente enajenada, flotando en la engañosa nube del pre-enamoramiento y deseosa de que amanezca, para poder liquidarte el saldo del móvil llamando a tus amigas y contándoles todo, hilo por pabilo. Ellas se entusiasman casi tanto como tú, y te regalan, cómo no, hasta unos cuántos “te lo dije” de propina. Pero a ti no te importa, porque estás eufórica, feliz de tener una nueva ilusión, mientras esperas su llamada con la ansiedad de una adolescente.


    … Y él no llama. Nunca. Jamás. Y tú no entiendes nada…
     

     

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