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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 14
    Julio
    2014

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    Monógamos compulsivos

    Mi amiga Patricia es una de las mujeres con más talento que conozco, además de inteligente, guapa y simpática, y aunque no digo yo que no tenga defectos, es de esas personas con la humildad suficiente para no creerse la reina del mambo, esforzarse en mejorar y que así al menos los demás no tengamos que sufrirlos en demasía. Como ha tenido unos cuantos novietes, viene ya de vuelta y no le dan gato por liebre con facilidad, porque hace tiempo que aprendió a diferenciar incisivos de colmillos y pezuñas de zarpas. Y sin embargo, ni siquiera conociendo las diferencias entre el caviar y las huevas de lumpo fue capaz mi amiga de evitar que se la metieran doblada y le colaran un sucedáneo, y así me lo contó el otro día cuando me llamó:


    Por lo que se ve, Patricia llevaba ya una larga temporada de secano, así que una noche decidió engalanarse con su vestido de loba y salir con sus amigas al  bar de copas más fashion de la ciudad, confiando en su suerte y en las medias reductoras, esas que te dejan el culo casi como si llevaras puesto un polisón, en las que se había gastado un dineral y que se enfundaba siempre que la ocasión lo merecía. Apenas le había dado un par de sorbos a su primer gin-tonic, cuando un mocetón que estaba como un queso y parecía, además, tremendamente interesante, se le acercó y la invitó a la siguiente ronda, y como después de un par de combinados, tres ji-jís y dos ja-jás, el muchacho resultó ser encantador, Patricia acabó dándole su número de teléfono, confiando en que él la llamaría, porque total, en el peor de los casos, si el elemento finalmente era un gilipollas, pensaba darse una alegría pal cuerpo, que hacía tiempo que le venía haciendo falta, y a otra cosa, mariposa.


    Pero el tipo la llamó. Y para invitarla a la inauguración de una galería de arte, nada menos. Y mi amiga flipaba pepinillos con la suerte que había tenido al pasar una velada maravillosa entre cuadros, champán y, había que reconocerlo, mucha tontería. Así que Patricia siguió viéndose con él, y a la cuarta o quinta cita, cuando ya estaba a punto de llegar la sangre al río, Mr. Perfecto va y le suelta que no se creyera que él era de rollos de una noche, porque en realidad lo que buscaba era enamorarse, y comprometerse, y bla, bla, bla… Y tan deslumbrada quedó ella con aquella confesión en apariencia sincera, que olvidó que las jugadas que se adelantan al contrincante no suelen ser más que tácticas de distracción que enmascaran otras intenciones.


    Se enamoró, claro. Se enamoró hasta la médula y pasó dos o tres meses metida en la cama de su príncipe azul, comiendo tarta a puñados y con la guardia de vacaciones en el balneario más cercano, porque a fin de cuentas hacía ya demasiado que no libraban y también se merecían un descanso. Y todo parecía ir sobre ruedas, cuando una mañana en apariencia como cualquier otra, mientras desayunaban, el hombre de sus sueños la cogió de la mano y le dijo, con expresión compungida, que lo sentía muchísimo pero que aquello no funcionaba y que hasta luego, cocodrilo…


    -¿Por qué?-, me preguntaba Patricia, que no entendía un pijo, entre lágrimas e hipidos. Hasta el día anterior, el que ella había creído el amor de su vida estaba regalándole sonrisas y sexo superlativo y de pronto le venía con aquello. -¿Hice algo mal?-, se cuestionaba, consternada. Y yo no sé ustedes, pero yo lo vi claro: El cretino aquel era, no me cabe la menor duda, uno de los muchos “monógamos compulsivos” que pululan por ahí. Es decir, uno de esos abundantes caraduras sin el suficiente valor para ser simplemente promiscuos, y tener amantes varias sin necesidad de engañar a sus víctimas haciéndoles creer que son la mujer de su vida, ni la suficiente generosidad como para enamorarse de verdad y comprometerse con una sola persona, con lo que van saltando de “novia” en novia sin el menor pudor y sin por supuesto preocuparse de los “cadáveres” que van dejando por el camino.
     

     

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