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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 29
    Marzo
    2015

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    Las Palmas Gente desamor pareja autoestima caradura

    Mujeres desesperadas

    Sara nunca hubiese imaginado que aquella noche conocería al hombre de su vida. Habían salido unas cuántas amigas, la mayoría solteras irredentas de las que ya han sufrido unas cuántas convivencias y el príncipe, cómo no, se les ha acabado convirtiendo en sapo a base de inevitables dosis de realidad, y después de cenar y disminuir seriamente las existencias de la bodega del restaurante en cuestión habían aterrizado en uno de esos bares en los que cobran el gin-tonic a ocho euros, la carta parece un tomo de enciclopedia y hay que echar una instancia de seis páginas para que el bartender se digne a servirte una copa, y digo bartender porque, por lo visto, en esos bares que digo no hay camareros, sino ‘mixólogos’ o bartenders... Pues estaban en aquel bar de moda, decía, y de pronto una de ellas se da cuenta de que Sara está charlando animadamente con un tipo moreno y cabezón que por lo general hubiese pasado completamente desapercibido para cualquiera de ellas y además ni siquiera habría sido su tipo, pero ya se sabe que algunas féminas van bajando el listón a medida que se les hace más difícil encontrar pareja.


    Al día siguiente, una entusiasmada Sara nos llamó a todas y cada una de sus amigas para contarnos que Jose, porque así se llamaba su nueva conquista, era fotógrafo profesional, que parecía muy interesado en ella y que le había pedido su teléfono antes de despedirse, ya a altas horas de la madrugada.


    Después de aquella noche Sara desapareció de la faz de la tierra y todas dimos por sentado que su relación con Jose debía estar en plena fase de comer tarta, porque aquella teoría era la única que explicaba su repentina desaparición. Lo que, sin embargo, no esperábamos ninguna de sus compañeras de fatigas era que cuando por fin nuestra amiga dio señales de vida nos contara que Jose se había mudado a su casa desde la primera semana de relación porque había estado viviendo en el hogar parental a raíz de su ‘reciente’ separación hacía dos años y que, en realidad, lo de la fotografía era un hobby y se ganaba la vida como peón de obra. Nada de eso, no obstante, parecía importarle a Sara, por mucho que a nosotras nos oliera a chamusquina tanta historia para no dormir y tanto cuento, porque obviamente, el entusiasmo que sentía nuestra amiga por aquel hombre en apariencia anodino era directamente proporcional a su miedo a estar sola y a enfrentarse a un nuevo fracaso sentimental, hasta el punto de que parecía haber olvidado la regla de oro: que las mujeres desesperadas atraen a hombres aprovechados como la mierda a las moscas.

    Apenas unos meses más tarde, con la crisis asomando la patita y afectando ya al sector del ladrillo, a Jose lo despidieron, pero Sara, que ya sólo vivía por y para aquel tipo, le aseguró que aquello no sería un problema mientras ella conservara su empleo, y que no debía preocuparse porque seguro que, con sus muchas cualidades, pronto conseguiría un nuevo puesto de trabajo. Sin embargo, el compañero de nuestra amiga parecía tener serias dificultades para mantener cualquier empleo durante más que unos pocos meses, los del contrato de prueba, aunque, para nuestra sorpresa, Sara justificaba esta sospechosa tendencia con argumentos peregrinos del tipo ‘el profe le tiene manía’, incluso en los casos en que había sido ella la que había tirado de agenda para que fueran sus contactos los que le encontraran un hueco a su querido novio.


    Y pasó el tiempo, y mientras que la agenda de Sara se iba vaciando de posibilidades y de esperanzas de que su haragán compañero contribuyera económicamente a los gastos del hogar a la misma velocidad que su cada vez más escuálida cuenta corriente, Jose se instalaba más y más en una cómoda vida de mantenido y hasta se daba el lujo de permitirse caprichitos sufragados, claro está, por nuestra amiga, que era capaz de cualquier cosa con tal de tener contento a su hombre y que parecía no darse cuenta de lo que el resto veíamos desde leguas de distancia: que aquella sabandija sólo la quería para chuparle la sangre.

     

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