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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 11
    Julio
    2014

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    Mujeres despechadas

    Toda mi vida de adulta he oído a los hombres afirmar categóricamente que una mujer despechada es capaz de cualquier cosa, y aunque hubo un tiempo en que pensaba que sólo los varones resentidos, víctimas de alguna loca al más puro estilo Glen Close en Atracción Fatal, tenían razones de peso para opinar de esta manera, finalmente la experiencia y la observación me han hecho rendirme a la evidencia: tenían toda la razón… Porque una mujer despechada es capaz de utilizar a sus hijos como arma arrojadiza, de urdir una elaboradísima estrategia para echar por tierra la reputación de aquel que le ha hecho daño, o de destrozar su bien material más preciado. Y por supuesto es perfectamente capaz de planear la venganza más retorcida con toda la premeditación y ninguna compasión. Lo he visto. Y no es un espectáculo del que me haya sentido orgullosa, como mujer que soy. Pero he de confesar que en algunas ocasiones, sólo en algunas, he sido incluso capaz de ponerme en su piel y entenderlo…


    Laura y Pancho habían estado casados durante ocho años y previamente habían sido novios otros once. Cuando Laura conoció a Pancho, él era romántico y detallista. Cuando Pancho conoció a Laura, ella era dulce y alegre. Y los dos eran poco más que unos niños… Así que, después de tantos años despertando juntos cada mañana, discutiendo por nimiedades, compartiendo el cuarto de baño y siendo testigos ambos de las miserias del otro,  Pancho se había convertido en un déspota indolente con su mujer y Laura en una amargada quejicosa con su marido. Con el resto de la gente no, claro. De cara a la galería Pancho seguía pareciendo aquel hombre amable del que Laura se había enamorado casi veinte años antes y ella, a su vez, continuaba comportándose con los demás como la mujer alegre e ingeniosa que él había conocido, así que nadie entendió que un día, en lo que a todos les pareció una reacción inexplicable y desde luego desacertada, Laura cogiera a su hijo y sus cuatro trapos y abandonara a Pancho de la noche a la mañana.


    Laura no quiso dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su círculo más íntimo, sobre los motivos de su en apariencia precipitada decisión. Alquiló un piso de dos dormitorios, perdió unos cuantos kilos y no mucho después empezó a pasearse por la ciudad con un tipo al menos diez años más joven que ella. Salía con él a cenar, de compras, al cine y a la playa, y todos aquellos que tanto se habían sorprendido de que aquella mujer hubiese abandonado al bonachón de su marido de la noche a la mañana, no dudaron en tildarla de hija de mala madre desde que la vieron haciéndose carantoñas en público con su nuevo ligue. Ella, no obstante, hacía caso omiso de las críticas de todos esos que creían haber conocido a Pancho y se daban el lujo de opinar sobre lo ocurrido entre ellos, y se encogía de hombros cuando alguien arrugaba el gesto al verla con su amante.


     Un día, para sorpresa de todos los habituales, Laura se presentó con su toyboy en el bar que la expareja solía frecuentar antes de su separación. Pidieron un par de gin-tonics y se sentaron en un rincón, completamente ajenos a las miradas reprobatorias que recibían de la mayoría de los allí presentes. Al poco, todos los que conocían la historia se llevaron las manos a la cabeza, horrorizados, cuando Pancho cruzó también el umbral del establecimiento, y lamentaron que el pobrecillo Pancho, el abandonado, el buenazo, tuviera que pasar por semejante trance.


    En efecto, cuando el hombre vio a su ex riendo a mandíbula batiente con su jovencísimo ligue, se dio media vuelta y se fue de allí con expresión dolida y el rabo entre las piernas. Y Laura, que lo vio salir por el rabillo del ojo, sonrió… Porque lo que sólo ella sabía, lo que había descubierto el día que se había ido del hogar conyugal para siempre, era que el bueno de Pancho, aquel que para todos había sido el marido modélico, tenía una amante desde hacía casi tantos años como los que había estado casado.
     

     

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