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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 20
    Julio
    2014

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    Ni guapo que encante…

    Ya me lo decía mi abuela, con esa sabiduría profunda y popular que no dan los libros, sino la experiencia y la observación paciente del que ha vivido mucho tiempo: “Tienes que buscarte un hombre, ni guapo que encante, ni feo que espante”. Es decir, que no me enamorase ni de un adefesio ni de un modelito. ¿Y eso por qué? Se preguntarán ustedes, como hice yo. Y sin embargo, aún tuvo que pasar algún tiempo para que pudiese entender las sabias palabras de mi antecesora.


    Lo primero que descubrí cuando maduré lo suficiente y fui atesorando mi propia experiencia fue que, en la gran mayoría de los casos, los muy guapos lo tienen tan fácil durante toda su vida por el simple hecho de tener un aspecto físico agraciado, que en raras ocasiones tienen necesidad de esforzarse lo más mínimo para conseguir algo. Su belleza física es la única herramienta que necesitan para que se les abran todas las puertas, y ésta la traen de serie, así que caminar permanentemente sobre la alfombra roja de los triunfadores fortuitos suele convertirlos en personas superficiales, vanidosas, soberbias y tremendamente egocéntricas. Por este motivo nunca me había molestado en conocer en profundidad a ningún Brad Pit: era casi inevitable que a los pocos minutos de que abriesen su boca perfecta de dientes perfectos dejaran bien claro que, sencillamente, no existía profundidad alguna que conocer.


    Hasta que me presentaron a Juanjo en aquella fiesta.


    Juanjo parecía sacado de la portada de alguna revista femenina, o de un anuncio de maquinillas de afeitar, o incluso de uno de esos spots televisivos de colonias pijas. Altísimo, morenísimo y guapísimo, aquel hombre podría haber sido el más claro ejemplo del tipo con un físico abrumadoramente perfecto y una cabeza abrumadoramente vacía, y no obstante y para mi sorpresa, resultó ser la excepción que confirmaba la regla. Porque Juanjo era listo, humilde y cercano, y como descubrí después de pasar un par de horas charlando con él, también era divertido. Así que, intrigada por lo que parecía ser una anomalía en el desarrollo normal de una sociedad con valores más que cuestionables, decidí darle y darme una oportunidad y comencé a salir con él.


    Al principio todo fue comer perdices y brindar con champán. Juanjo era cariñoso, atento y muy gracioso, además de tener los ojos verdes más increíbles que hubiese visto jamás; al menos tan de cerca. Yo no podía creerme que aquel pedazo de bombón con el que además se podía hablar se hubiese fijado en mí, y flotaba entre nubes de algodón. Pero había algo, un pequeño, ínfimo detalle con el que no terminaba de sentirme cómoda: Fuera donde fuese con él las mujeres babeaban, le ponían ojitos y se derretían literalmente en su presencia.


    Confieso que durante los primeros tiempos me hacía hasta gracia que absolutamente todas mis congéneres, de cualquier edad o procedencia, se lo comieran con los ojos allá donde fuéramos, y hasta me pavoneaba de su brazo pensando aquello de “chincha rabiña”, pero al cabo de unas cuantas semanas, el acoso constante de todas aquellas gatas, que parecían entrar en un celo repentino y desaforado en presencia de mi imponente acompañante, empezó a resultarme cada vez más irritante.


    Juanjo debía de estar más que acostumbrado a causar esa reacción entre las mujeres porque cuando se lo hice notar ni siquiera le dio importancia, pero lo que era yo, llegó un momento en que ya no podía soportar que la cajera del súper apenas si me mirase a la cara mientras me cobraba, porque sólo tenía ojos para Juanjo, que la camarera de la cafetería donde íbamos a tomar algo apenas si reparara en mi presencia y en cambio se desviviera por atender a Juanjo, que la empleada de la tienda de electrodomésticos me explicara las bondades de aquella plancha para el pelo sin quitarle los ojos de encima a Juanjo… Era insufrible.


    Finalmente, harta ya de ser totalmente invisible para todo bicho viviente del sexo femenino y de sentirme el patito feo del cuento, concluí que, con toda probabilidad, esto era a lo que se refería mi abuela en realidad y con todo el dolor de mi corazón, rompí con Juanjo.
     

     

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