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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 29
    Abril
    2014

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    Pan para hoy…

    Anda que no hay todavía mujeres hechas y derechas, es decir, mayores de treinta años, en apariencia maduras, fuertes e independientes, que siguen creyendo en los peces de colores. Son esas que esperan la llegada del príncipe azul en la moderna versión del hombre perfecto, con un trabajo perfecto, un coche perfecto, una casa perfecta, soltero, sin hijos y, a ser posible, sin madre.  Las mismas que se derriten ante estudiadas poses galantes o edulcoradas frases de manual, y las que, en definitiva, aún no se han dado cuenta de que, en lo que en lo que al género humano se refiere, no se puede seleccionar lo que nos gusta y descartar lo que no en cada individuo, porque suele venir el pack completo e inseparable de virtudes y defectos.


    Mi amiga Patricia, que es una de estas románticas empedernidas que se empeña en permanecer en los ‘Mundos de Yupi’ a toda costa y a pesar de los muchos desencantos amorosos que acumula ya en su haber, vino contándome el otro día que, hacía apenas una semana, había conocido a un hombre absolutamente maravilloso cuyo comportamiento más reciente la había descolocado por completo.


    Al parecer, estaba mi amiga haciendo la compra semanal en el súper, cuando un hombre tremendamente interesante se detuvo a su lado y le preguntó por el pasillo de los macarrones. Como aquel amante de la pasta italiana era, además, muy guapo, Patricia no sólo le explicó donde encontrarlos, sino también cómo preparar la salsa carbonara, la boloñesa y hasta aceptó ir a tomar una copa con él cuando terminaron de llenar el carrito juntos. Y como además, después de dos cócteles, el guaperas resultó ser también encantador, fíjate tú qué buena suerte, mi amiga no sólo no puso objeciones cuando Mr. Perfecto le propuso que fueran a cenar a un restaurante griego que al parecer se encontraba a la vuelta de la esquina, sino que tuvo que hacer un esfuerzo por no ponerse a bailar el waka-waka allí mismo, tal era su alegría.


    Después de media botella de vino y dos ouzos, Patricia ya casi podía escuchar campanas de boda cuando miraba a su perfecto acompañante. Éste le servía el vino cada vez que su copa se hallaba medio vacía, halagaba el brillo de sus ojos a la luz de las velas y mostraba un interés aparentemente genuino cuando ella le hablaba sobre su trabajo y sus amigas.  Así que cuando se despidieron aquella noche junto al taxi que él paró para ella, Patricia estaba ya completamente segura de que su búsqueda había llegado a su fin, ya que, por fin, había encontrado al hombre de sus sueños.


    Los días siguientes fueron una sucesión de citas perfectas: Películas románticas y palomitas en el cine, cenas sofisticadas siempre pagadas por él, paseos por la playa… Hasta había recibido mi amiga un enorme ramo de rosas rojas a domicilio con una cariñosa tarjeta. Así que después de un par de semanas de estos encuentros de ensueño, Patricia se acostó con él, y aunque, según mi amiga, el sexo había sido espectacular y él se había mostrado amable y cariñoso en todo momento, lo cierto es que por la mañana, al despertar, ella se había encontrado con que su amante de película se había ido sin siquiera dejarle una nota. Y no había vuelto a saber nada de él. Ni respondía a sus llamadas. Y ella no entendía nada, claro.


    Y aunque le expliqué a mi amiga, porque ella parece no haberse dado cuenta aún a pesar de que ya ronda los cuarenta, que existen un montón de hombres a los que, como a los de Atapuerca, sólo les motiva la cacería y que en cuanto han conseguido su objetivo, que puede ser echarte un polvo o que te enamores locamente de él, pierden todo interés, estoy segura de que Patricia volverá a tropezar de nuevo con la misma piedra porque no se da cuenta de que, sencillamente, el hombre perfecto, al igual que la mujer perfecta, repitan conmigo, no existe, y por lo tanto hay que desconfiar, y mucho, cada vez que alguno lo parece. Otra cosa no es más que pan para hoy y hambre para mañana.
     

     

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