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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 23
    Noviembre
    2014

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    Para siempre

    Ni siquiera podía recordar cuántas veces se lo había dicho durante aquellos veinte años de relación. “Para siempre”, le decía cuando aún eran novios y la miraba con expresión arrobada antes de tomar su cara entre sus manos para darle sus primeros besos inexpertos. Se lo dijo una y otra vez aquella noche ya tan lejana, mientras la despojaba de su vestido blanco y besaba con pasión a una virgen tan enamorada como asustada. Se lo repitió incansablemente cada día de su luna de miel en Mallorca, mientras paseaban cogidos de la mano y observaban una luna que parecía sonreírles desde allá arriba… En realidad por aquellos tiempos todo parecía sonreírles: Les sonrió la vida cuando Ramón consiguió aquel trabajo tan bueno en un banco, a pesar de no haber podido ir a la universidad. Les sonrió la suerte cuando el padre de Yasmina se ganó la lotería e invirtió gran parte del dinero en comprarle una casita a su única hija, la niñita de sus ojos. Y sobre todo, les sonrió la providencia cuando una tía de Ramón se ofreció a sufragar los gastos de una boda por todo lo alto en el que era el mejor hotel de la ciudad.


    Todo aquello recordaba ahora Yasmina, mientras se miraba al espejo y observaba el reguero de lágrimas que surcaban unas mejillas ya no tan tersas, la raíz de su pelo antes oscuro sembrada de canas, porque hacía ya más de un mes que debería haber ido a la peluquería a teñirse, el rictus de amargura que convertía su rostro en una máscara grotesca…


    “Para siempre”, recordó que le dijo, cuando acunó por primera vez a su primogénito entre sus brazos, con los ojos brillantes de emoción, mientras ella, orgullosa y exhausta, los miraba a ambos con el corazón a punto de salírsele del pecho. Fueron esas también las palabras que Ramón gimoteó aquel funesto día en que Yasmina había tenido un accidente de tráfico y él había aparecido por el hospital con el rostro desencajado por el miedo. Y también lo aseguraba con vehemencia cuando ella se lamentaba de que el tiempo, los niños y la falta de ejercicio le estaban arrebatando lentamente su figura de sirena.


    Para siempre.


    Tenía gracia. Probablemente hacía ya mucho que Ramón intentaba convencerse a sí mismo de que así sería cada vez que pronunciaba la manida fórmula. “¿Cuándo habían dejado aquellas palabras de ser una promesa de amor para convertirse en una cárcel para él?”, se preguntaba Yasmina, mientras bajaba una maleta del altillo y, mecánicamente, comenzaba a meter calzoncillos, chaquetas y corbatas en su interior, sin mucho orden y desde luego, sin cuidado.


    Se había convertido en una especie de mantra, de contraseña, de garantía de que todo iba bien: Para siempre. Y él se lo repetía en todos los momentos importantes de su vida. Cuando habían operado a Roberto, su hijo más pequeño, de una apendicitis de urgencia, Yasmina sólo había logrado tranquilizarse cuando su marido la llamó desde el otro lado del océano para susurrárselas. Cuando hacía unos pocos años lo habían ascendido, ofreciéndole un puesto internacional de muchísima más responsabilidad y habían salido a cenar para celebrarlo, aquel había sido su brindis. Y también era esa la artimaña a la que él recurría cuando ella se enfadaba por alguna nimiedad y le recriminaba su comportamiento desconsiderado; él sabía que aquellas eran las palabras mágicas y recurría a ellas siempre que lo necesitaba.


    Y fue precisamente aquella frase que había convivido con ellos durante más de veinte años la que lo había cambiado todo cuando, aquella misma mañana, mientras él se preparaba para irse a trabajar, Yasmina había descubierto en el teléfono de su marido un montón de mensajes de texto que, inequívocamente, sólo podían pertenecer a alguien con quien él mantenía una relación sentimental. Y por el tono y la confianza de los mismos, era también obvio que esta relación se mantenía desde hacía ya mucho tiempo. Aquellos mensajes, más de una decena, intercambiados entre los que sin lugar a dudas eran una pareja de enamorados, hablaban de sexo disfrazado de amor y de planes de futuro. Y todos los enviados por Ramón terminaban con una frase: “Para siempre”.
     

     

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