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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 24
    Agosto
    2014

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    Perdida

    Todos decían lo mismo cuando conocían la situación de Sole: “Pobre chica”. Sin embargo, ella estaba casi segura de ser feliz porque, al fin y al cabo, invertía cada pizca de su energía en convencerse a sí misma de que así era y se repetía una y otra vez la misma frase, como un mantra: mientras Juan se quedase a su lado, todo iría bien. Así que Sole concentraba absolutamente todas sus fuerzas, las que tenía y las que no, en que esto fuese así. A cualquier precio.


    No había sido así desde el principio, claro. En los primeros tiempos de su relación ella aún era una mujer alegre y extrovertida que se preocupaba por su familia y sus amigos y, lo más importante, que aún no se había perdido a sí misma. Pero luego el lobo había empezado a asomar la patita, primero con timidez, con pequeños gestos apenas perceptibles: una respuesta brusca, una mueca de desprecio… Y a medida que la autoestima y la voluntad de Sole iban desgastándose y que ella, lentamente, cedía más y más terreno, él se mostraba cada vez más seguro de sí mismo, con más confianza, con palabras crueles, desaires, insultos soterrados… Y Sole comenzó a cambiar; perdió la risa, perdió el característico brillo de sus ojos, ese que todos admiraban, perdió su generosidad y su tolerancia. Perdió todo lo mejor de sí misma. Se perdió.


    Los que estábamos lo suficientemente cerca de la pareja nos escandalizábamos con los gestos que aquel hombre zafio y acomplejado prodigaba a nuestra amiga, malos tratos que presenciábamos con gran disgusto, pero de los que ella ni siquiera parecía percatarse o hasta celebraba entre risas, como si de divertidas bromas se tratasen. “Aparta, que me das asco”, le escupía. “No tienes ni idea”, se burlaba... Además, Juan quedaba con mujeres que conocía a través de las redes sociales con el argumento de que eran sus amigas y acusaba a Sole de celosa y posesiva si ésta se atrevía a expresar su malestar al respecto, organizaba su vida sin contar en absoluto con ella, a pesar de vivir bajo su mismo techo y así, en una interminable y constante sucesión de abusos y faltas de respeto que Sole soportaba intentando poner al mal tiempo buena cara.


    A medida que el comportamiento de Juan se volvía más y más detestable, todos los que la queríamos intentamos que Sole abriese los ojos y se diese cuenta de que convivía con un maltratador que le estaba amargando la vida sin que ella hiciera nada por remediarlo y que sólo se quedaba a su lado por interés, pero Sole no admitía la más mínima crítica hacia su venerado Juan y comenzó a distanciarse, lenta pero inexorablemente, de todos los que nos atrevíamos a criticarlo, familia y amigos, siempre con el argumento de que los demás no entendíamos su relación, que en el fondo era un tío estupendo y que nosotros, sencillamente, no lo conocíamos. Ciega. Él se había encargado de cegarla con la erosión constante a su voluntad y su amor propio.


    Poco a poco, Sole comenzó a vivir única y exclusivamente para complacer a Juan. Todo giraba en torno a él: organizaba su agenda en base a sus planes, quedaba con las pocas amigas que aún mantenía cerca sólo cuando él estaba ocupado en sus propios asuntos, se plegaba a sus deseos aún a costa de los suyos. Era su madre, su secretaria, su tesorera, su ayudante, su consejera, su mayordomo y, sobre todo, su sparring, porque era con ella con quien él desahogaba todas sus frustraciones.


    Y un día, tras meses de escuchar de su boca palabras que no eran suyas, tras años de soportar contemplar como la que había sido mi amiga se convertía en una marioneta sin voluntad ni alma, tras semanas mordiéndome la lengua para no escupirle a la cara lo que en realidad pensaba de su querido Juan, me di cuenta de que ya no podía más, que mi amiga quizás estuviese enterrada debajo de las innumerables paladas de mierda que él le había echado encima, pero desde luego, no era aquella mujer perdida y sin dignidad. Así que yo también me fui. Ahora estaba sola.
     

     

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