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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 14
    Abril
    2014

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    Peter Panes y Wendys

    No todas las protagonistas de las historias que les cuente van a ser siempre mujeres fuertes, independientes, madurísimas y seguras de sí mismas, sobre todo porque la triste realidad es que no son estas las que más abundan, al menos hasta una cierta edad que puede oscilar entre los cuarenta y los ciento sesenta años, dependiendo de cada caso. Lamentablemente, o no, porque ya se sabe que todo en esta vida depende del punto de vista desde el que se mire, una gran parte de mis congéneres cree aún en miembros de alguna imaginaria casa real que les resuelva los problemas, les planten cara a sus madres y las trate como al principio de la relación después de siete años de casados. Las hay, incluso, que aseguran que no piensan conformarse con menos. Y se han separado unas cuantas veces, claro.


    Mi amiga Rita es una de estas mujeres.


    En realidad Rita es bastante guapa, definitivamente simpática y lo suficientemente lista, pero ella aún no se lo termina de creer y su inseguridad la lleva a zambullirse una y otra vez en relaciones con Peter Panes que coleccionan niñas perdidas y persiguen su sombra de alcoba en alcoba, para luego desaparecer de vuelta al país de Nunca, Jamás.


    Rita no escoge, sino que se vuelca de lleno con cualquier hombre que le haga el más mínimo caso para, tras unos cuantos días de vuelos con polvos de hada, llamar a todas sus amigas, ilusionada y esperanzada, asegurándonos que este sí que sí es el definitivo.  Al poco, nuestra amiga empieza a dedicar al objeto de su interés una atención casi obsesiva, y le envía mensajitos a todas horas, le atiborra el muro de Facebook con sus canciones favoritas y comentarios supuestamente divertidos, se compra lencería picante, sólo para sus ojos, insiste en que le presente a sus amigos, le ofrece condescendientes consejos, que en realidad él no le ha pedido, sobre cómo mejorar su vida… Y así, hasta que Peter se agobia y echa a volar, porque prefiere tontear con sirenas que soportar lecciones de una Wendy remilgada.


    Sin embargo, hace poco, y tras una nueva huida del último gran amor de su vida, nuestra desesperada amiga aceptó por fin  seguir nuestras bienintencionadas sugerencias y comenzar a cambiar su actitud para con los hombres, no porque estuviera convencida en realidad de que hacerse un poquito de rogar le garantizara que sus relaciones llegasen a buen puerto, porque en el fondo seguía convencida de que su príncipe azul la querría incondicionalmente tal y como ella era, incluso aunque no le diese tiempo a conocerla y por muy pesada que fuese, sino porque, muy inteligentemente, aunque a regañadientes, eso sí, reconoció que si una estrategia no funcionaba después de tropecientos intentos, quizás lo mejor fuera cambiarla.


     Y Rita cambió: cuando conoció a Rubén, nuestra amiga no se esforzó en anticiparse a todos sus deseos, ni intentó venderse constantemente hablándole de lo estupenda que ella era y las cosas tan fantásticas que había hecho, ni estuvo pendiente de cada una de sus palabras, como si del Oráculo de Delfos se tratase. Le dio espacio. Esperó a que él la llamase para quedar, le dio un par de largas en alguna que otra ocasión, fingió olvidar que él le había contado que tenía tres hermanas y que su madre era viuda y no se acostó con él a la primera ocasión, por muchas ganas que tuviese.


    … Cuando, finalmente, y tras una romántica cena a la luz de las velas en un delicioso restaurante al que Rubén insistió en que fuesen, la pareja se dio por fin el revolcón que llevaban esperando un par de semanas, una Rita feliz y enamorada supo que por fin había encontrado al hombre con el que pasaría el resto de su vida. Y cuando se acurrucó contra él, para entregarse a los brazos de Morfeo, abandonándose a la maravillosa ensoñación de que caminaban juntos hacia el altar, Rubén la apartó, delicadamente, pero con firmeza, y le dijo: "¡Uy, no! No puedo quedarme dormido aquí porque si mi madre se despierta y no he llegado puede preocuparse, cariño, así que mejor me voy ya y ya te llamo mañana".
     

     

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