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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 03
    Abril
    2014

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    Pillada in fraganti

    Todos los días veía a Ángel en el gimnasio y todos los días me decía a mí misma que aquel tipo estaba cañón. Moreno, alto, ojos claros; un bomboncito, vamos. Y no es que fuera ningún chiquillo, porque el código de barras en torno a sus ojos y el gris de sus sienes evidenciaban que hacía tiempo que había dejado atrás la treintena, pero se notaba a la legua que se preocupaba por cuidarse y mucho.
     

    Así que después de varias semanas de miradas soslayadas y sonrisas desde lejos, Ángel se me acercó por fin, se presentó, y tras una charla insustancial sobre ejercicios aeróbicos y dietas hiper-proteicas, hipo-calóricas e hiper-aburridas, que en otras circunstancias, es decir, con un tipo algo más feo y que me interesase menos, me hubiese hecho bostezar irremediablemente, propuso que nos encontrásemos en una cafetería cercana cuando ambos hubiésemos tenido el tiempo suficiente para pasar por los vestuarios, porque no era plan de tener una casi primera cita oliendo a choto, por muy improvisada que esta fuese. Acepté encantada.


    Ángel resultó ser un hombre divertido y simpático. Quizás, si me hubiese parado a observarle con más detenimiento, me habría dado cuenta de que era demasiado divertido y demasiado simpático, y que sus chistes estaban algo trillados y además era obvio que formaban parte de un modus operandi habitual, pero yo llevaba una larga temporada de sequía y había perdido la práctica en detectar ligones profesionales, con lo que cuando me invitó a cenar aquella misma noche, no encontré motivos para rechazar su proposición.


    La cena fue una delicia, y no me refiero sólo a la comida de aquel romántico restaurante italiano con poca luz y música suave al que Ángel me llevó, que también, sino a que mi anfitrión era tremendamente interesante, tanto como para que yo olvidase conectar el detector de comentarios que insinuasen la existencia de una posible pareja estable. Así que después de haber mermado considerablemente las existencias de vino espumoso del local y de haber insistido él en pagar la cuenta, abandoné la lanza y el escudo en algún lugar del paseo hasta su casa, que, fíjense qué casualidad, estaba por allí cerca.


    Subimos a tomar la penúltima, cómo no. Y sí, ya sé: apenas lo conocía. ¿Pero es que ustedes no han hecho nunca una locura? Estaba achispadilla y hacía ya muchos meses que no había tenido una cita como aquella, así que no pueden culparme de haberme tirado a la piscina sin mirar. Fue un momento ‘de perdidos, al río’, que a ver quien no lo ha tenido…


    Ya en su casa, la copa dio paso un beso, el beso, a un magreo en toda regla, y apenas veinte minutos más tarde estábamos ya retozando ambos en el dormitorio. Quizás, si no hubiese bebido tanto vino, me habría fijado en los bonitos portarretratos que decoraban la mesilla junto al sofá y enmarcaban las fotos familiares. Quizás, si no hubiese estado tan concentrada en las expertas manos de aquel guaperas, me habría percatado del evidente toque femenino de la decoración. Pero lo cierto es que no me di cuenta de nada.


    … Hasta que oí un cantarín “¡Cariñooooo!” y el tintineo de unas llaves procedentes de la puerta de entrada a la vivienda.


    Ángel dio un brinco tal, que casi se queda clavado en el techo, gritó “¡Mi mujer!” con apenas un susurro, que sí, eso se puede hacer, y me empujó fuera de la cama sin miramientos. Luego me hizo un gesto para que esperara allí, calladita, mientras él se ponía los calzoncillos atropelladamente y corría a distraer a su querida esposa.


    Nunca sabré si la consorte de aquel adúltero con tan poca vergüenza adelantó su regreso aquella noche o sencillamente, a Ángel le ponían las emociones fuertes, pero lo cierto es que, afortunadamente, la ‘pareja feliz’ pasó de largo frente a la puerta del dormitorio tras la que yo esperaba, con el corazón bailándome una danza tribal en el pecho y los zapatos en la mano, y continuó hacia el fondo de la casa,  momento que aproveché para escabullirme con sigilo, mientras juraba matar a aquel hombre si tenía la desfachatez de volver a aparecer por el gimnasio.
     

     

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