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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 20
    Mayo
    2014

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    Poses galantes

    Lo suelto así, a bocajarro y sin anestesia: Desconfiad de los hombres extremadamente galantes. Sí, ya sé que a todas se os caen las bragas cuando os abren la puerta del coche, os regalan enormes ramos de flores sin motivo aparente, o cuando os dejan la chaqueta si sentís algo de frío y no habéis sido lo suficientemente previsoras para llevar la vuestra, que ya os vale, pero creedme, si un hombre hace con vosotras alarde de este tipo de prácticas con demasiada frecuencia, no lo dudéis: salid corriendo.


    Sé que os costará asumir esto. Sé también que se me echaran encima todas esas congéneres que leen a Federico Moccia y se derritieron con la lectura de Cincuenta Sombras, porque les pareció ese cuento de hadas moderno que querrían vivir ellas mismas, pero aún y así me atreveré a hacer la siguiente afirmación: ningún hombre es verdaderamente así. Queráis creerlo o no, en realidad este tipo de comportamiento no es más que una pose muy estudiada para que caigáis en sus redes, y desde que os hayan seducido, desde que os hayáis rendido, todo eso se esfumará como una pompa de jabón. Pero ojo, no estoy hablando de educación. Esa, como el valor en la mili, se presupone. ¡Qué menos! Hablo de poses forzadas, manidas y, si se analizan con detenimiento, sin sentido alguno. Les daré un ejemplo esclarecedor:
     

    Mi amiga Fátima tenía debilidad por los hombres ‘galantes’. Se derretía, literalmente, cuando la trataban como a una dama del pasado siglo, sin darse cuenta de que ya no estamos en el pasado siglo, y que recibir ese tipo de atenciones tiene un precio muy alto.


    Hace poco más de un año, Fátima conoció a Marcos. Marcos aparecía con una rosa roja a cada una de sus citas, pagaba siempre sin permitirle ni rechistar, se apresuraba a encenderle el cigarrillo y hasta la sujetaba por los hombros, firme pero delicadamente, para ubicarla por el lado interior de la acera con gesto protector en apariencia.  No obstante,  mi amiga se tragó el cebo y se quedó tan enganchada al anzuelo, que dejamos de verle el pelo durante meses. Hasta que hace algunas semanas me encontré a Fátima en el súper. Al parecer se había mudado a vivir con Marcos hacía algún tiempo, y se notaba a la legua que ya no parecía tan contenta y enamoradísima como antes, así que la arrastré a una cafetería cercana y le pregunté cómo iban las cosas con su caballero andante. Y como si hubiera abierto las compuertas de una presa a punto de reventar, Fátima comenzó entonces a contarme, entre lágrimas, que Marcos no hacía absolutamente nada en casa más que ver la tele y esperar que fuese ella la que atendiera todas sus necesidades.


    Y es que al parecer, aquel hombre antaño atento y cariñoso, le exigía que tuviese la comida preparada cuando él llegaba a mediodía, a pesar de que ambos trabajaban fuera del hogar, y ni siquiera era capaz de meter su propio plato en el lavavajillas cuando terminaba de comer, la miraba como si se hubiera vuelto loca, argumentando que eso eran cosas de mujeres, cuando ella le pedía explicaciones sobre por qué no podía él poner la lavadora o planchar sus propias camisas, y lo peor de todo, decía Fátima, era que si ella se quejaba de que no tenía tiempo de hacerlo todo sin ayuda, él intentaba convencerla de que dejase de trabajar, para que pudiese dedicarse a sus labores a tiempo completo. Además, por supuesto, ahora que convivían ya no le compraba flores, ni le cedía el paso al atravesar las puertas, ni le decía lo guapa que estaba cuando ella pasaba media hora arreglándose para salir a cenar. Si es que salían a cenar. Porque al parecer su hombre era muy casero y prefería quedarse en casa viendo el fútbol en la tele...


    Y es que no deberíamos olvidar que la galantería, al fin y al cabo, no es más que la cara más amable del machismo y no se puede tener lo uno sin lo otro, porque suele venir el paquete completo. Recordadlo la próxima vez que vuestro acompañante se empeñe en pagar en absolutamente todas vuestras citas.
     

     

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