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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 26
    Octubre
    2014

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    ¡Qué vergüenza!

    No me cabe duda de que todo adulto menor de setenta años ha visto la película del Diario de Bridget Jones, así que no voy a entretenerme en contarles de qué iba y me detendré en recordarles exclusivamente la escena aquella en la que, después de su primera cita, el sosete de Hugh Grant está a punto de “llegar a la segunda base” con la histriónica Renée Zellweger, y hago uso aquí de la analogía a la que siempre recurren los norteamericanos de las pelis en estos casos y que, yo no sé ustedes, pero lo que soy yo, jamás he sido capaz de entender del todo... Pues, hablando en plata, estaba el  ligón del jefe de Bridget metiéndole mano por debajo del vestido, decía, y de repente, donde probablemente esperaba encajes y puntillas, el hombre se encuentra con una faja que la muchacha se había puesto para disimular su ligero sobrepeso y que sin lugar a dudas representaba la más viva imagen de la anti lujuria. Bien, ahora congelen esa escena y guárdenla en su memoria RAM antes de seguir leyendo.


    Hace algunos años, bastantes, no voy a engañarlos, mi amiga Sandra me pidió que le hiciera de carabina con un piloto que había conocido y al que no se le había ocurrido otra cosa mejor que lucirse ofreciéndole un paseíto en avioneta como primera cita. Aunque a regañadientes, accedí, claro, porque se supone que para eso están las amigas, pero no negaré que no entendía demasiado qué pintaba yo allí, aunque ahora que lo pienso retrospectivamente, supongo que a mi amiga le preocuparía verse a solas y a tropecientos metros del suelo con un desconocido. La cuestión fue que, miren ustedes por dónde, mientras el pilotito aquel rellenaba la hoja de vuelo en el aeroclub donde nos había citado, bueno, donde la había citado a ella, en realidad, que todavía recuerdo la cara que se le quedó al pobre cuando la vio llegar conmigo. Pues mientras el tipo hacía el papeleo, decía, yo aproveché para entablar conversación con un muchachito que rondaba por allí y que no estaba nada mal. La jugada salió bien, y yo también obtuve una primera cita de aquella otra de mi amiga, aunque mi Top Gun particular, porque resultó que aquel otro también era piloto, afortunadamente era más tradicional y en vez de a surcar los cielos, me invitó a cenar.


    Por aquellos días no es que yo fuera Giselle Bundchen, pero oigan, no tenía mal tipo. Sin embargo, como las mujeres siempre tenemos un “pero” para con nosotras mismas y si no lo tenemos, nos lo buscamos, y cuando no son los muslos, es el culo, y cuando no las caderas, la nariz o las piernas, y yo, cuando me miraba al espejo, me veía barrigona. Y fíjense ustedes que cuando hoy por hoy me acuerdo del ridículo montículo que tenía por tripilla por aquel entonces me parto de la risa, pero en fin, ya sabemos todos lo frágil que es la autoestima de las jovencitas, y yo, que estaba deseando impresionar a aquel chico, porque es que me gustaba muchísimo, me acordé de una de esas bragas-faja que, con gran disgusto por mi parte, me había regalado mi madre hacía un par de años y que, evidentemente, yo había relegado al más completo olvido en el fondo de un cajón… Y me la puse. A regañadientes, pero me la puse.


    Esta mal que yo lo diga, pero aquella noche estaba espectacular, y tenía pinta de que había conseguido mi objetivo con el pilotito porque no dejó de mirarme con ojitos de cordero degollado durante toda la noche. Así que cenamos, charlamos, nos tomamos una copa en el bar de moda y como todo parecía ir sobre ruedas, cuando se empeñó en acompañarme hasta casa, decidí que aquella cita casi perfecta bien se merecía un beso de despedida… Mientras me besaba, sus manos descendieron por mi espalda, hasta mi cintura…


    No les voy a describir la expresión de sorpresa de mi perrito piloto, cuando notó “aquello” por encima del ceñido vestido, pero recuperen la imagen de la película de Bridget Jones y las posteriores risas de Hugh Grant y sabrán qué pasó después.
     

     

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