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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 21
    Diciembre
    2014

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    Reacciones inexplicables

    Hacía ya al menos un lustro que Pablo había entrado en la cuarentena cuando Julia lo conoció, así que los dos se llevaban exactamente diez años. No obstante, mientras que Julia se había pasado casi dos décadas de su vida buscando al gran amor sin tener ningún éxito, que es lo que suele ocurrir cuando uno busca algo con demasiado ahínco, Pablo en cambio ya lo había encontrado y perdido varias veces, que es también lo que suele pasar cuando alguien no tiene ningún interés en encontrar algo. Y justo en ese punto de desencuentro estaban ambos cuando se conocieron aquella tarde en la inauguración de un gastrobar al que los dos asistieron con pocas ganas y menos interés.


    Así y todo, las cosas al principio fueron bastante fáciles: Pablo le pidió su número de teléfono, la llamó al cabo de un par de días para que salieran juntos y antes de que ambos pudieran darse cuenta estaban inmersos en los inicios de lo que quizás llegase a ser una relación de pareja. Y aunque había que reconocer que, en un principio, a Julia no la habían terminado de convencer el peinado retro y las expresiones cursis de su nuevo pretendiente, que parecía estar tan pasado de moda como su tupé, finalmente la treintañera se dijo que ya iba siendo hora de bajar el listón si no quería quedarse el resto de su vida para vestir santos o, lo que sería aún peor, hacer de madrina generosa y un tanto sobreprotectora con los hijos de todos sus amigos, y decidió darle una oportunidad.


    Para su sorpresa, Pablo resultó ser un hombre divertido e inteligente que la hacía reír con sus bromas ingeniosas y la besaba como en los finales de las películas, así que casi sin darse cuenta, Julia empezó a enamorarse de él. No obstante, la recién plantada semilla de lo que, si las cosas hubieran seguido por su cauce habitual, podría haber llegado a convertirse en amor no llegó a germinar jamás, porque desde que él se percató de que ella había bajado la guardia y comenzaba a mirarlo con ojos de Roger Rabbit contemplando a su explosiva esposa, empezó a distanciarse con botas de siete leguas que pisotearon el delicado brote de los sentimientos de Julia, y ésta despertó del trance en menos de lo que se tarda en decir “qué chasco”.


    A partir de entonces, Pablo se dedicó a salir con sus amigos, ver a su madre, trabajar o, en definitiva, a cualquier tarea que le brindara una excusa lo suficientemente creíble como para justificar sus cada vez más escasas salidas con la que ya no se parecía en nada a una novia y sus igualmente escasas llamadas de teléfono, mientras que Julia se iba hundiendo más y más en el pozo del desencanto y se acercaba cada vez más deprisa al límite de su paciencia. Hasta que un día, ya harta del desinterés de Pablo, Julia aprovechó que éste le había concedido audiencia invitándola a tomar un café una tarde cualquiera, para decirle que colorín, colorado, aquel cuento se había acabado, porque ella ya no estaba para perder el tiempo y él no parecía tener absolutamente ningún interés en que aquello funcionara. Para su sorpresa, la reacción de Pablo fue poner el grito en el cielo y suplicarle que por favor, por favor, por favor, le diera otra oportunidad, asegurándole que cambiaría, que estaba sometido a mucho estrés, que había tenido miedo y que bla, bla, bla, hasta que una asombrada Julia, que había estado convencida de que él tenía incluso más ganas que ella de acabar con aquello, aceptó seguir adelante con una relación que ya ni siquiera lo era. Luego se fueron a casa de Pablo, se dieron un revolcón y al día siguiente se despidieron con un apasionado beso.


    Y sin embargo, después de aquel día, Pablo estuvo casi una semana dándole largas para no verla y cuando por fin acordaron encontrarse para tomar algo rápido “porque él estaba muy liado”, la saludó con frialdad, se sentó a su lado sin mirarla y le soltó aquello de “no eres tú, soy yo”, dejando a una perpleja Julia más plantada que un olivo.
     

     

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