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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 03
    Agosto
    2014

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    Recordando

    Ya era casi mediodía, pero Sara no quería levantarse aún. Quería arrebujarse bajo el edredón y seguir rememorando una y otra vez aquella noche mágica, aquellas horas increíbles, aquel hombre… Sabía que en cuanto se levantase, en cuanto pusiera los pies en el suelo, se desperezase y se metiera en la ducha, los recuerdos comenzarían a diluirse como la espuma en el agua de una bañera que comienza a enfriarse, que a medida que fueran pasando las horas le resultaría más y más difícil evocar aquel aroma embriagador suyo, que aún impregnaba sus sábanas y su piel, su manera de tocarla, tan firme y delicada a la vez, la forma en que sus cuerpos encajaban a la perfección, como las piezas de un puzle. Si cerraba los ojos era capaz de recordar cada caricia y cada beso, cada estremecimiento y cada latido, cada instante único y maravilloso… En realidad aún era capaz de recordarlo absolutamente todo con asombrosa precisión incluso con los ojos abiertos, y se resistía a que esto cambiase.


    ¡Y pensar que la noche anterior había estado a punto de quedarse en su casa! Sus amigas habían organizado una salida a cuenta de los viejos tiempos, aquellos en los que aún no habían en las vidas de ninguna maridos a los que serles fiel, hijos a los que atender a todas horas, ni hogares que organizar y cuidar, y a Sara le había parecido un buen plan, incluso lo suficientemente bueno como para ilusionarse. Pero apenas unas horas antes de tener que comenzar a adornarse con sus pinturas de guerra y sus mejores trapos, una inmensa pereza había hecho presa en ella. No le apetecía maltratarse el hígado a base de gin-tonics aguados, ni la garganta a base de esforzarse por hacerse oír sobre el estruendo de la música de fondo, ni los pies a base de intentar bailar sobre aquellos zapatos de tacón imposible. No, no tenía ningunas ganas, pero sus amigas se habían negado rotundamente a aceptar su inesperada retirada y la habían obligado a cambiar de idea con la amenaza de cantar el Tacatá bajo su ventana hasta que los vecinos llamaran a la policía. Cualquiera hubiese cedido ante semejante chantaje.


    Así que había salido. Había visto a sus amigas, en muchos casos después de muchos meses, había brindado con ellas por aquellos tiempos que fueron mejores sólo por el hecho de ser pasados, se había tomado un par de aquellos combinados llenos de hierbajos que estaban tan de moda y cuando ya comenzaba a plantearse una despedida a la francesa para evitar los reproches de sus beodas acompañantes, él se había materializado frente a ella, con aquella sonrisa suya llena de dientes y aquellos ojos llenos de ganas, y le había jurado que si bostezaba una sola vez más avisaría a los de seguridad. Y ella ya no había vuelto a bostezar claro. De hecho ya no había tenido sueño en todo lo que quedaba de noche.


    Se habían tomado una copa más, sólo una, porque él no se andaba con tonterías  y ella ya no tenía edad para remilgos. Entre sorbo y sorbo Javi, porque así se llamaba, la había besado, y no había sido uno de esos besos robados, sino un beso anunciado, anticipado con una mirada intensa y una sonrisa provocadora que había hecho que a Sara se le licuaran todos los huesos del cuerpo, así que cuando él le propuso que se fueran a su casa ella ni siquiera se molestó en recitarle la paparrucha aquella de que no era de esas. Aunque en realidad no lo fuera. Porque aquella noche quería serlo. Quería ser de esas. Y vaya que si lo fue.


    Y fueron a su casa. A su cama. Y sobre aquel colchón sembrado de soledades que había sido sólo suyo todos aquellos años desde que su marido se había ido con otra más joven y más ingenua, Sara recuperó el tiempo perdido y recordó lo que era sentirse deseada, y besada, y tomada, y entregada, y por eso ahora, tantas horas más tarde, ahora que él se había ido probablemente para no volver, se resistía a entregar el tesoro de aquel recuerdo a las garras del olvido.
     

     

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