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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 20
    Junio
    2014

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    Recuperando el tiempo perdido

    Cuando una mañana aparentemente como otra cualquiera, pero cercana ya al fatídico día en que cumpliría los cuarenta, mi amiga Mónica se miró atentamente al espejo y descubrió sus arrugas incipientes y los pliegues de su cuello, se echó a llorar y así se tiró casi un año; hecha un mar de lágrimas y preguntándose a dónde se habían ido su frescura y los que, según ella, habían sido los mejores años de su vida. Luego, al poco de su cumpleaños, se enjugó por fin el llanto, hizo las maletas y abandonó al que había sido su marido durante más de quince años, un hombre resolutivo y divertido que la trataba como si fuera estúpida, el hogar conyugal, un magnífico chalet en una zona residencial con la hipoteca a medio pagar, y a sus churumbeles, tres críos tan monos como pesaditos a los que no aguantaba ni ella, o quizás sobre todo ella, y se mudó a su diminuto apartamento de soltera, se hizo un corte de pelo radical y comenzó a salir de marcha fin de semana sí, fin de semana también. Y a pesar de que al principio no le resultó fácil encontrar acompañantes para sus correrías, ya que el resto de las féminas de su entorno cercano, que sí habíamos disfrutado de nuestra juventud cuando tocaba, no estábamos por la labor de dejarnos el hígado y la poca energía que nos quedaba tras lidiar con nuestros propios trabajos e hijos en saltar de fiesta en fiesta cada viernes y sábado, al poco Mónica se las había arreglado para cambiar también de círculo de amistades y rodearse de mujeres con una situación igual o parecida a la suya y cuyo único tema de conversación era compartir con el resto sus proezas sexuales con unos y otros, tal y cómo le ocurría a mi amiga desde que había tenido su crisis de la mediana edad.


    Al cabo de unos pocos meses, Mónica, que hasta entonces había sido una mujer conservadora y tímida a la que le daba miedo hasta dar marcha atrás con el coche y que ni se atrevía a probar el sushi o a comprar ropa interior que no fuera de algodón, se había abierto un  perfil en todas las páginas webs de citas que existían en la Red, tenía en su casa un cajón de la cómoda exclusivamente para artículos eróticos y, para recuperar el tiempo perdido, se dedicó a pasarse por la piedra a todo varón mayor de edad que le hiciera el más mínimo caso.
     

    Como era de esperar, no mucho después mi amiga había perdido la vergüenza, el control, la custodia de sus hijos y su antigua casa que, sin embargo, tendría que seguir pagando, pero nada de eso parecía importarle, resuelta como estaba a hacer a los cuarenta todo lo que su precocidad y sus miedos le habían impedido hacer a los veinte o los treinta.


    Al cabo de un par de años de soltería, habían pasado por su cama casados en busca de una cana al aire, eternos Peter Panes que sólo pretendían grabar una muesca más en su revólver, separados que, como ella, querían recuperar el tiempo perdido, jovencitos que valoraban la experiencia de las mujeres de más edad, maduritos que pretendían mantener una mujer florero y hasta algún bohemio en busca de una pobre incauta que lo mantuviese. Con las hormonas disparando sus últimos cartuchos, Mónica no le hacía ascos a nada, y esto le costó más de un sofocón, como el del guaperas que resultó ser un gigoló y le dijo su tarifa cuando ella ya creía que le había tocado la lotería, o el veinteañero pijo que la despreció y humilló llamándola “vieja desesperada”. Pero la experiencia que verdaderamente hizo que se replanteara su promiscuidad y su total ausencia de criterios de selección fue la que tuvo con un joven inmigrante que mi amiga se llevó a su casa una noche de sábado cualquiera, para descubrir dos cosas: que el mito sobre los atributos de los hombres de raza negra era cierto y que mientras ella dormía, su bien dotado amante se había largado con su ordenador portátil y todo el dinero que tenía en el monedero.
     

     

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