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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 10
    Abril
    2014

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    Sexo telefónico

    Mi amiga Marta presumía en petit comite de contar con un amante con el que tenía una química sexual fuera de lo común. Decía Marta que lo de ella con Luis, porque así se llamaba su alborotador de hormonas particular, era la bomba, ya que, al parecer, el sujeto en cuestión conseguía ponerla como una moto con sólo mirarla. Así que imagínense: Si la tocaba, decía, los fuegos artificiales del fin de año chino se quedaban en un petardito de feria de pueblo.


    En realidad Luis era un gilipollas integral que estaba convencido de ser Gila, cuando la verdad era que sus chistes se nos antojaban a la mayoría tremendamente pueriles y obvios, y que iba de humilde, cuando su chulería y su soberbia eran más que evidentes para cualquiera que se detuviera a charlar con él un par de minutos, pero contaba Marta que cuando vino a darse cuenta de eso el tipo ya le había puesto las manos encima y era tarde, porque las feromonas habían tomado el mando y desde entonces era sencillamente incapaz de rechazarlo cada vez que él le proponía un encuentro, le cayera el susodicho como le cayese. El único consuelo que le quedaba, decía mi amiga, era que a él con ella le pasaba igual o peor, por esto de que los varones suelen tener más testosterona.


    Así que, a pesar de que en su día su intento por mantener una relación convencional les hubiera salido rana, cosa por otra parte nada sorprendente, porque así es como suele ser en estas relaciones tan apasionadas como atormentadas, ya que, por lo general, lo habitual es que las parejas muy afines sexualmente se lleven tan mal fuera de la cama como bien dentro de ella, la tempestuosa aventura de los dos amantes duraba ya un montón de años, años en los que en ocasiones podían pasar varios meses entre un encuentro y el siguiente, si alguno de los dos apostaba por una nueva relación, o se iba de vacaciones, o simplemente, se distanciaba una temporada. No obstante, desde el momento en que volvían a encontrarse, aunque fuese por casualidad, ya no había nada que hacer: La urgencia con que sus cuerpos se reclamaban era tal, contaba Marta sin atisbo de rubor, que en más de una ocasión, incapaces de esperar, acababan dando rienda suelta a la pasión en los lugares más insospechados: probadores de centros comerciales, cuartos de baño de restaurantes y bares de moda, aparcamientos públicos… No sigo, por no escandalizarlos, pero háganse una idea.


    Sin embargo, hace poco más de un año, Marta nos contó, entre compungida y aliviada, que Luis había aceptado una oferta de trabajo en otra ciudad, con lo que todas creímos que aquella separación obligatoria sería el fin del calentón más largo de la historia. Pero nos equivocábamos. Al cabo de algún tiempo, nuestra amiga nos confesó que había descubierto una nueva forma de diversión: el sexo telefónico. Y aunque, al parecer, todo había empezado como un juego un día en el que Luis la había llamado para saber de ella y reconocerle cuánto la echaba de menos, y habían acabado recordando alguno de sus muchos encuentros sexuales, los dos habían disfrutado tanto de la experiencia que, a aquellas alturas, se había convertido ya en una práctica habitual y tremendamente satisfactoria y divertida para ambos.


    No obstante, el otro día, nuestra amiga nos hizo saber, muy azorada, que aquellas llamadas de temperatura tan elevada se había acabado para siempre, porque le había ocurrido algo que le había quitado por completo las ganas de continuar con el affaire telefónico: Por lo que se ve, estaban Luis y ella en medio de una de sus conversaciones subiditas de tono, cuando de pronto, la llamada se cortó. De los nervios, y  dando por sentado que era su amante, Marta contestó a la llamada que recibió instantes después, sin tan siquiera echarle un ojo a la pantallita del móvil, y con intención de continuar allí dónde lo habían dejado, nuestra fogosa amiga susurró una frase que nada hubiese tenido que envidiar a las que se escuchan en cierto tipo de películas… Y sin embargo, la que llamaba era su madre.
     

     

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