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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 05
    Octubre
    2014

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    Sinfonía nocturna

    Como cantaba Sabina, era una noche cualquiera, puede ser que fuera martes, qué más da, pudiera ser que fuera trece. Pero era verano. El mes de julio comenzaba a despedirse, perezoso, resistiéndose a dar paso a su hermano aún no nato, más joven e inexperto, pero mucho más popular, protagonista de tantas historias vacacionales, de amores que acaban antes de empezar y esperanzas de merecido descanso. Era una de esas calurosas noches estivales en las que el aire pesa como plomo líquido y las sábanas se enroscan al cuerpo como serpientes hambrientas, una noche probablemente como aquella en la que, en otro tiempo y lugar, un genio tuvo un sueño por el que deambulaban seres mitológicos en sus escarceos amorosos, una noche en la que la vigilia se colaba por las ventanas abiertas en una búsqueda desesperada de un poco de brisa marina que aliviara el malestar de los cuerpos sudorosos y le diera una pequeña tregua a la canícula.


    Por esas ventanas abiertas que daban al patio interior del edificio se habían escapado, hacía ya muchas horas, aromas a cenas ligeras que no se aliaran con el calor para ahuyentar al sueño y percusión de cubiertos y vajillas. Luego, rumores de conversaciones desganadas, lamentos sobre las temperaturas excesivas, deseos de vacaciones y el zumbido de los últimos telediarios ahogando los primeros bostezos. Más tarde, los sonidos de los viejos hábitos, tan familiares ya como nuestro propio rostro en el espejo a base de repetirlos noche tras noche durante décadas. Y al final, sólo ronquidos, una risita ahogada y hasta algún cuesco desatado al cobijo de la ilusión de intimidad que nos brinda nuestra propia cama.


    Y el silencio... Ese silencio cuya ausencia la había despertado minutos antes.


    Despacio, se liberó de las garras del sueño sólo lo suficiente como para obligar a su mente a regresar de la inconciencia y ser capaz de entender qué había ocurrido. A su alrededor, el contorno oscuro de las figuras familiares de los muebles de su cuarto. A su lado, la silueta del que dormía junto a ella desde hacía ya tanto, cuya respiración acompasada le indicó que él no había encontrado, como ella, motivo alguno para abandonar su descanso. Y entonces lo escuchó:


    Un solo de gemidos se escapaba por la ventana abierta de alguna vivienda vecina cuyos ocupantes se habían entregado a la pasión, quién sabe, quizás en busca del anhelado descanso que no llegaba, o puede que sólo persiguiendo satisfacer el instinto más primario de todos. La voz femenina, in crescendo, era rítmicamente acompañada por lo que parecía el encontronazo del cabecero de la cama con la pared, y periódicamente, un jadeo del hombre ofrecía el perfecto contrapunto a la sinfonía.


    Esperó, paciente, a que todo acabara. Sin atisbo de envidia, sin rastro de excitación, acompañada tan sólo por la improvisada pieza musical y el sentimiento de fastidio que le provocaba el hecho de que la hubiesen despertado en una noche en la que dormir se había convertido en una empresa casi imposible. Pero el concierto no parecía tener visos de concluir.


    De pronto, y para su sorpresa, a las voces ya familiares de los dos amantes se unieron otras nuevas. Los gemidos, masculino y femenino, procedentes ahora de otra ventana y expelidos en perfecta sincronía, eran esta vez más monótonos, monocordes, insulsos casi, pero se integraron con la vieja sinfonía con una precisión casi premeditada que creó una nueva pieza musical de belleza inesperada.


    Ella se frotó los ojos, resignada a abandonar definitivamente los brazos de un Morfeo perezoso y huidizo que ya no volvería a acogerla aquella noche, lo sabía. Dudó. Quizás había llegado el momento de amonestar a los amantes, rogar por su descanso, avergonzarlos, coartar su entusiasmo. Pero entonces, a su lado, el cuerpo se movió, musitando un interrogante de extrañeza, preguntándose dónde interpretaban ese sensual concierto que también a él lo había despertado. Asombrado… Sin embargo, apenas unos minutos más tarde, la mano de él emergió de entre las sábanas revueltas y buscó su cuerpo, y su boca fue a su encuentro para acallar las protestas que ella no llegó a pronunciar. Y a la hermosa sinfonía se incorporaron al poco dos nuevos instrumentos.
     

     

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