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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 23
    Agosto
    2015

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    Las Palmas Gente relaciones Amigos amantes

    Sólo amigos

    Antonio y Natalia habían sido novietes cuando ella era aún poco más que una adolescente con muchas ganas de comerse el mundo a puñados y  las hormonas desatadas y él un patito que estaba dejando de ser feo y empezaba a aspirar a cisne. Habían salido juntos poco más de tres meses, es decir, lo justo para echar unas risas y dar rienda suelta a la atracción sexual que marca las pautas de las relaciones a esas edades. Sin embargo, mientras que Natalia era aún una chiquilla que descubría su trepidante sexualidad, Antonio, criado en el entorno mucho más liberal de turistas ávidas de emociones, acumulaba ya en su haber un buen número de amantes de distintas nacionalidades, a pesar de haber entrado recientemente en la segunda década de su vida. Por ello, el resultado inevitable fue que, tras aburrirse de enseñar a una aprendiz de mujer, el joven dejó plantada a Natalia para liarse con una de sus amigas del instituto con bastante más experiencia y savoir faire.


    Pasaron entonces años en los que ella, como la mayoría, aprendió un poco sobre algunas cosas y mucho sobre otras pocas, además de alguna que otra habilidad sexual que, de todas formas, probablemente no habría escandalizado a casi nadie, y mucho menos a Antonio, al que había perdido de vista después de que se hartara también de aquella amiga traidora.


    Y una noche de verano cualquiera, Antonio y Natalia se reencontraron en una terraza de moda y, contra todo pronóstico, se alegraron de verse… Aquella noche, como era de esperar, acabaron en la cama, pero mientras que Antonio sólo buscaba pasar un buen rato recordando viejos tiempos, Natalia en realidad pretendía quitarse una espinita demostrándole al que ya se había convertido en todo un guaperas que ya no era una mojigata casi virgen a la que podía amedrentar con su experiencia adquirida en hoteles para guiris. En cualquier caso, después de aquella noche hubo un par de ellas más de sexo apasionado y risas, hasta que Natalia se dio cuenta de que en realidad aquel no iba  a ser el hombre de su vida y empezó a sustituir paulatinamente las sábanas por bares y los besos por gintonics.


    Al principio a Antonio no pareció hacerle demasiada gracia el cambio y puso todo de su parte para recuperar sus encuentros sexuales, pero al cabo de no demasiado perdió interés y se fue a perseguir a otras presas más fáciles y menos exploradas. No obstante, como siguió encontrándose con Natalia en bares y terrazas y como ya habían pasado por el colchón, no tuvieron dificultad en compartir otras intimidades y acabaron haciéndose amigos.
    A partir de entonces la amistad entre Natalia y Antonio fue fortaleciéndose a base de encuentros y desencuentros, de compartir risas y alguna que otra lágrima, de acompañarse cuando se sentían solos y dejarse solos cuando necesitaban espacio y con el tiempo y a pesar de que la mayoría de los que los rodeaban estaban convencidos de que acabarían convirtiéndose en pareja, habían conseguido lo que pocos hombres y mujeres logran: ser amigos de verdad, por encima de sus diferentes sexos.


    Solían verse para comer, ir de compras, al cine o a hacer deporte, y a menudo salían también de marcha. A Natalia le divertía observar las miradas de envidia que despertaba entre sus congéneres, que se tiraban al cuello de su acompañante sin contemplaciones, a pesar de no tener nada claro qué tipo de relación había entre aquellos dos treintañeros tan atractivos, mientras que Antonio le espantaba los moscones, le aconsejaba con sus nuevos ligues y hasta ayudaba en su elección de candidatos, porque aquellos valientes que la veían con él corrían a marcar el terreno, temerosos de que otro macho alfa les levantara la presa, mientras que los cobardes que huían con el rabo entre las piernas, obviamente, no le interesaban.


    Y así pasó el tiempo, y en un abrir y cerrar de ojos que duró veinte años la amistad de Natalia y Antonio, que ya estaba por encima de prejuicios, de géneros y de tonterías en general, se consolidó tanto que ninguno de los dos recordaba ya que una vez habían sido amantes. Y fueron sólo amigos.

     

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