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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 26
    Marzo
    2014

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    Sorpresas non gratas

    A estas alturas del partido, todos tenemos claro que las relaciones sentimentales se han vuelto más y más complicadas en el trascurso de estas últimas décadas, hasta el punto de que emparejarse de forma estable y por un periodo de tiempo más o menos largo se nos antoje a la mayoría como una empresa hercúlea. Las cosas eran muchísimo  más sencillas en la época de nuestros abuelos, o los padres de los que somos algo menos jóvenes: Chico conoce a chica, chico invita a chica a salir, chica que se lleva al encuentro y a todos los posteriores a su prima/hermana/amiga soltera, chico que le roba algún beso a la chica cuando la carabina se despista y finalmente, chico que le pide a la chica que se casen cuando ya no aguanta más el calentón… Grosso modo, díganme ustedes a mí si no iban por ahí los tiros. Sin embargo, el panorama ha cambiado, y mucho. Hoy en día las relaciones son de todo menos sencillas y, desde luego, de lo más variopintas, y mis relatos detallarán precisamente ese crisol en las relaciones sentimentales, o simplemente sexuales, porque ya decía aquella película ochentera aquello de ¿Por qué le llaman amor, cuando quieren decir sexo?. A veces las relataré en primera persona, aunque no las haya vivido yo, otras en tercera, a pesar de que me hayan sucedido a mí, pero siempre, siempre, siempre, estarán basadas en hechos reales.


    De muestra, un botón:


    Hace ya algunos años, cuando aún estaba inmersa en la infructuosa búsqueda del legendario Príncipe Azul, conocí a un hombre que casi me convence de su existencia: Encantador, simpático, divertido, guapo, culto… La Joya de la Corona, para no cansarlos enumerando los atributos del susodicho.


    Salimos juntos durante algunas semanas. Fuimos al cine, a cenar e hicimos, en definitiva, todas esas actividades que los seres humanos hacemos cuando estamos en proceso de emparejamiento, para convencer al otro de que somos la persona que está buscando y que no va a encontrar a nadie mejor… Para engañarlo, vamos.


    Yo estaba al canto de un duro de enamorarme, porque es que el chaval parecía ser, de verdad, El Soltero de Oro. Sin embargo, había toreado ya en muchas plazas y olía a chamuscado aunque la serrería se estuviese quemando en Saskatchewan, porque habían sido muchos años, demasiados, entrenando el olfato. Así que supuse que allí había gato encerrado y mantuve firmes las riendas, para que el caballo del amor no se desbocara hasta ver como el príncipe aquel se desenvolvía entre las sábanas, no fuera a ser que fuese allí donde estuviese el pero y me llevase una sorpresa.


    Superado el número de citas de rigor que toda mujer debe acatar si quiere llegar a algo más que a un par de revolcones con un varón, porque es que ellos llevan la emoción de la cacería codificada en sus genes desde los tiempos en que perseguían elefantitos peludos por la estepa, y si el paquidermo se afeita la melena y los espera todo rociado de ketchup, pues como que ya no les motiva y se van en busca de otro mamut más peleón. Pues superada esta etapa, decía, llegó el momento de la verdad, y cuál sería mi sorpresa cuando el muchachito se desenvolvió como pez en el agua, dándome una gran alegría, para qué les voy a engañar. O mejor dicho: Unas cuantas.


    Y estaba yo ya escuchando campanas de boda y eligiendo nombres para nuestros futuros hijos, cuando mi recién descubierto Dios del Sexo regresó del cuarto de baño, se tumbó a mi lado en la cama y, al encontrar mis braguitas de encaje negro entre las sábanas revueltas, las cogió con cuidado y tras observarlas durante un buen rato con el ojo crítico de un experto en lencería femenina, mi varonil y avezado amante me dijo, así como quien no quiere la cosa: -¡Que tanga tan bonito! ¿Te importa si me lo pruebo?-.


    … Le regalé las bragas y un billete de un solo trayecto en dirección a la ciudad por tantos conocida de Fuera de Mi Vida, Capullo.


    ¡Habrase visto! En mis relaciones, a la única que puede apetecerle llevar tangas sexy de encajitos es a la moi.
     

     

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