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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 26
    Julio
    2014

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    Suegras insufribles

    Hay suegras estupendas. Suegras de las que preparan tu plato favorito cuando vas a verlas, se muestran cariñosas y amables contigo y hasta se ponen de tu parte en una riña conyugal. Son esas suegras con las que se puede salir de compras, a tomar un café e incluso, excepcionalmente, con las que compartir la última metedura de pata de su hijo.


    Y luego están las otras suegras.


    Las otras suegras se comportan como si sus hijos fueran de su exclusiva propiedad y tú, una intrusa que viene a arrebatárselo. Las otras suegras desaprueban todo lo que haces y dices, les molesta tu mera presencia y hasta intentan predisponer a sus hijos contra ti. Son las suegras insufribles, las suegras capaces de amargarte la vida y destrozar tu relación. Y mi amiga Amalia las conoce muy bien…


    Amalia es una persona dulce y sensible, pero también muy tímida, así que, a pesar de no ser una mujer fea, nunca lo había tenido fácil para relacionarse con los hombres, que siempre se fijaban en sus acompañantes, más extrovertidas y dicharacheras, y dejaban a Amalia en un seguro y cómodo segundo plano en el que, por otra parte, su timidez y ella se refugiaban de mil amores. Pero un día Amalia conoció a Agustín y todo cambió… Agustín, que era la alegría de la huerta, todo chistes, extroversión y afán de protagonismo, porque no olvidemos que toda moneda tiene dos caras y lo uno suele venir con lo otro. Agustín, que contra todo pronóstico, sí que se fijó en Amalia. Quizás porque prefería a su lado a una mujer que jamás le hiciera sombra y no le arrebatara ni uno de los aplausos que tanto parecía necesitar. Quizás porque mi amiga es amable, cariñosa y tiene una sonrisa espectacular. Quizás por ambos motivos y probablemente por algunos más, pero lo cierto es que Amalia y Agustín comenzaron a salir juntos. Y se enamoraron... Ya dice el dicho que “siempre hay un roto pa un descosío”.


    Los primeros meses todo fueron risas y arrumacos. Amalia estaba convencida de que Agustín era el hombre más divertido y maravilloso sobre la faz de la tierra, y él, por su parte, había encontrado en mi amiga una mujer que le riera las gracias y llevara fenomenal su necesidad permanente de estar bajo los focos. Así que todo fue viento en popa a toda vela hasta que Agustín llevó a Amalia a conocer a su madre.


    La madre de Agustín, una señora muy entrada en años pero con una salud de hierro y un carácter de hormigón, tenía poca cultura y menos educación. Además, era una persona posesiva, celosa, manipuladora y despiadada que, para colmo de males, físicamente se parecía a la madrastra de Blancanieves cuando se vestía de bruja. Sin embargo, Amalia estaba verdaderamente enamorada de aquel hombre, así que se esforzó más de lo que se había esforzado en toda su vida por agradar a aquella mujer antipática y grosera. Sin éxito. La madre de Agustín, que para más inri vivía en el piso de encima de su hijo, le cerraba la puerta en las narices cuando la veía llegar, la ignoraba deliberadamente aún compartiendo la misma estancia y la desacreditaba ante Agustín aunque ella estuviese delante. La pobre Amalia ya no sabía qué hacer para que aquella arpía dejara de amargarle la existencia y de intentar boicotear su relación, y aunque entendía que en realidad no debía tomarse aquello como algo personal porque tenía la certeza de que su malvada suegra haría lo mismo con cualquier mujer que se acercase demasiado a su hijo, a pesar de que éste se enfrentaba a su progenitora cada vez que maltrataba a su novia y la obligaba a prometerle que trataría si no de querer, al menos de respetar a Amalia, desde que Agustín se daba la vuelta, la persistente señora volvía a las andadas, y ella ya no podía más.


    La gota que colmó el vaso fue cuando aquella mujer descubrió que Amalia había pasado la noche en casa de su retoño y desde la ventana la llamó puta a voz en grito. Con todo el dolor de su corazón, ese día Amalia rompió con Agustín.
     

     

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