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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 13
    Septiembre
    2014

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    Tentando al diablo

    Como empieza a cansarme ya que, a raíz de esta columna, todos los hombres, conocidos o no, me vengan con la preguntita de si tengo algo en su contra, pregunta a la que por cierto siempre respondo que sí, que tengo muchas cosas en su contra, pero muchas más a favor. Pues como estoy hartita de la pregunta, decía, hoy, excepcionalmente, voy a cambiar la trayectoria habitual y a contarles una historia donde son ellos los que salen bien parados. Pero no se me acostumbren.


    Mi amigo Jesús no es precisamente un guaperas, aunque sí es un tío atractivo, y mucho, además de inteligente y amable. Pero no es ninguna de estas cualidades la que ha hecho que durante toda su vida Jesús haya ligado todo lo que ha querido y más. No. El incuestionable éxito de Jesús radica, ni más ni menos, en el hecho de que sea un hombre íntegro. Y de esos, y mis congéneres sabrán a lo que me refiero, no es que haya muchos. Así que Jesús ha tenido una vida sentimental intensa y no fue hasta casi cumplir los cuarenta que, por hache o por be, y podemos sustituir hache por madurez y be por encontrar a la mujer adecuada, encontró a la que quiso elegir como su compañera. No obstante, sí que tuvo antes unas cuantas convivencias que se prolongaron más o menos en el tiempo y dolieron más o menos lo mismo cuando se acabaron… Pero su ruptura con Clara fue una de las que más dolió.


    Clara era divertida, cariñosa e inteligente, pero después de un par de años de sexo desenfrenado y reproches rancios en una convivencia tan apasionada como atormentada, porque lo uno suele ir de la manita con lo otro, nos guste, o no, Jesús hizo las maletas y se fue para no volver. Como suele ocurrir en estas circunstancias, mi amigo pasó los primeros años tras la separación renegando del amor y de todo lo que tuviera que ver con él, pero una vez que se hubo dado unos cuantos sanos revolcones y amagara alguna que otra relación de transición que le devolvieron la fe en la pareja y las ganas de volver a tirarse a la piscina, y no sólo a sus bañistas, Jesús conoció a Cata y se enamoró de nuevo. Considero improcedente detenerme en detallar las claves de la nueva relación de mi amigo, porque casi todos sabemos que cuando llega una persona que nos coge en el momento adecuado, con las prioridades claras y que además nos complementa lo suficiente, no es difícil que las cosas funcionen si ambos ponen de su parte, y eso fue exactamente lo que ocurrió entre Jesús y Cata.


    Pasaron más años y la relación entre la ya no tan joven pareja iba todo lo bien que puede ir la convivencia entre dos personas que se quieren mucho y se llevan bien. Y de pronto, un día, mediante una red social de esas que están tan de moda, Clara contactó con Jesús y, tras las típicas fórmulas de cortesía y para sorpresa de éste, le propuso tomar un café. Jesús aceptó, más por curiosidad que por otra cosa, dando por sentado que se llevaría una decepción cuando volviese a ver a su antiguo amor después de tantos años, pero ¡oh, mundo cruel! Resultó que cuando Clara hizo su entrada triunfal en aquella cafetería, a Jesús casi se le caen los palos del sombrajo, porque su ex estaba, simple y sencillamente, espectacular. Así que mi amigo se pasó las dos horas que duró aquel encuentro intentando no fijarse demasiado en todo lo que tanto le había gustado de Clara, maldiciendo el momento en que aceptó volver a verla y aguantándose a duras penas las ganas de arrastrarla fuera de allí y llevársela a su casa y a su cama. Por eso, y porque sabía que no iba a ser capaz de negarse si ella le hacía la más mínima insinuación, mi amigo pidió la cuenta, se excusó con su ex amor balbuceando una gilipollez y salió de allí como alma que lleva el diablo, que era al mismo a quien no quería seguir tentando porque tenía todas las de ganar.
     

     

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