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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 27
    Marzo
    2014

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    Tierra, trágame

    Aquella mañana iban a darnos el curso de un nuevo producto, para que luego nosotros, los comerciales, fuéramos y lo vendiéramos a nuestros clientes, o sea, que se avecinaba un día muy largo y más aburrido. Pasaban ya unos cuantos minutos de las ocho de la mañana, y todos esperábamos en la sala de reuniones de nuestras oficinas desde hacía un buen rato, con nuestros cafés humeantes, nuestras caras de sueño mal disimulado y nuestra sonrisa postiza, lista para ser usada en cuanto fuese necesario, a que llegaran los encargados de tan ardua tarea: Meter en nuestras torpes cabecitas todo lo que necesitábamos saber sobre el aparatejo en cuestión. Al parecer, nuestros profes, o jefes de producto, como se les llama en ese sector, venían de USA expresamente para tal fin, con lo que, para más inri, la charla nos la iban a dar en inglés. Un plomazo, vamos.


    A las ocho y veinticinco, con puntualidad británica, se abrió la puerta e hicieron su aparición nuestros futuros torturadores, pero cuál sería mi sorpresa y la del resto de compañeros de mi misma tendencia sexual, cuando vimos entrar en la sala a un pedazo de bombón de esos de quitar el aliento. Venía acompañado por otro trajeado, pero claro, a este otro ni uno de nosotros le hizo el más mínimo caso, porque sólo teníamos ojos para el quesito aquel.


    …Y es que el americanito estaba para comérselo: Alto como un campanario, de mandíbula cuadrada, grandes ojos azules y pelo rubio perfecto, además de una espalda en la que se podría haber jugado un partido de hockey, tal era su envergadura. Parecía sacado, allí mi amigo, de una peli de esas de dudosa calidad, sobre institutos, animadoras y fiestas de graduación. No. Esperen. Parecía el capitán del equipo de rugby de la universidad de Wichita… A mí, particularmente, los rubios siempre me han dejado más bien fría, pero había que reconocer que aquel era todo un Robert Redford, o incluso un Brad Pitt, si me apuran, es decir, una belleza de esas, universales, que resultan atractivas absolutamente a todos los que tengamos debilidad por los hombres guapos, sea cual sea nuestro tipo y tengamos el gusto que tengamos.


    Los dos estadounidenses se presentaron, hicieron las tres bromitas de rigor, y el que no era guapo, pero que, como suele pasar, resultó ser el listo, empezó a contarnos las bondades de la maquinita aquella, mientras el tío bueno le hacía algún apunte ocasional y nos embelesaba a todos con su radiante sonrisa de anuncio de clínica dental. Evidentemente aquel yogur venía de florero, pero nosotros estábamos encantados de que así fuera y no teníamos ojos más que para su perfecta fisonomía y su cuerpazo más perfecto si cabía.


    En contra de todo pronóstico, el tiempo pasó volando, y a la hora del café, o del break, como dijeron ellos, corrí en dirección al Adonis aquel para apreciarlo más de cerca, con la excusa de ser amable y hospitalaria con nuestros invitados foráneos.


    Y allí estábamos el guaperas y yo misma, charlando sobre paellas, jamón de pata negra y la maravillosa gastronomía española en general, que es un tema muy socorrido con cualquier guiri, cuando nos interrumpió una de mis compañeras que, verde de la envidia, evidentemente no había podido evitar venir a comprobar el material ella también. Y a dar por saco, ya de paso... "¡Anda que no está bueno el tío!", le dije a la recién llegada, a modo de saludo, en nuestro idioma materno y sin dejar de sonreír abiertamente, para que el cachas aquel no se diera cuenta de que hablaba de él y pensara que daba la bienvenida a la conversación a mi entrometida compañera. "¡A este hasta le ponía yo un piso donde él quisiera!", bromeé, mientras mi colega, visiblemente incómoda por mi comportamiento desvergonzado, se presentaba y estrechaba la mano que el bomboncito le tendía. Y entonces, él me miró, también con una amplia sonrisa dibujada en su rostro perfecto, y respondió con naturalidad y en un castellano impecable, aunque con un ligero acento mejicano: "Muchas gracias por los piropos. ¿Te he dicho ya que soy de Texas, y que hablo español bastante bien?".


    Tierra, trágame.

     

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