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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 10
    Mayo
    2015

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    Las Palmas Gente desamor pareja ruptura

    Tirar la toalla

    Claudio y Vanesa se habían conocido en el momento adecuado, hacía ya más de veinte años, y desde entonces no habían vuelto a separarse. Por aquellos días ambos cursaban sus estudios de ingeniería, aunque aquella mañana de primavera en la que habían tropezado en la puerta de la cafetería de la facultad y él la había ayudado a recoger sus libros musitando atropelladas disculpas, en realidad él estaba a punto de terminar la carrera mientras que ella no había hecho más que empezarla. Lo cierto fue que a aquel principio de comedia romántica le había seguido una relación también de película: tardes de cine y besos, noches de risas y sexo y el mutuo descubrimiento de un amor tan apasionado y abrasador  como suelen serlo los que nacen durante la segunda década de nuestras vidas.


    Algunos años más tarde, cuando ya Vanesa había terminado también sus estudios y Claudio había afianzado su posición dentro de la empresa de venta de maquinaria industrial que lo había contratado mientras él aún preparaba su proyecto de fin de carrera, la joven y feliz pareja había decidido dar la entrada para un pisito en una buena zona de la ciudad y fijar la fecha de la boda. No había habido presiones familiares, embarazos prematuros ni precipitación alguna, sólo las ganas de compartir un espacio propio y la certeza de que pasarían toda la vida juntos, así que una espléndida mañana de verano, Vanesa y Claudio pronunciaron un rotundo “Sí, quiero” ante el altar mayor de la iglesia donde la muchacha había sido bautizada y confirmada a su debido tiempo.


    Vanesa regresó embarazada de su luna de miel en el Caribe. No es que ellos lo hubiesen querido así, porque quizás habrían preferido esperar un par de años más, pero tampoco les entristeció la noticia, al fin y al cabo los dos tenían muy claro que querían tener descendencia, así que, en cuanto ellos mismos se hicieron a la idea, lo comunicaron a familiares y amigos, radiantes de felicidad. Y nueve meses más tarde nació Irene, una niña preciosa, tranquila y risueña de la que los dos se enamoraron desde que la vieron por primera vez.


    Y pasaron los años. Años de enfados y reconciliaciones, de vacas flacas que engordaron a fuerza de alimentarlas con cariño y dedicación, de alegrías, vicisitudes, momentos entrañables y, en definitiva, todo el repertorio de experiencias cotidianas sobre el que se edifican las relaciones de pareja, para bien y para mal… Pero entonces despidieron a Claudio. No es que hubiese hecho nada para provocarlo, ni que sus jefes estuvieran descontentos con él, simplemente había llegado la crisis y, tras muchos malabarismos y recortes en esto y lo otro, a la empresa no le había quedado más remedio que empezar a reducir personal; y él era uno de los que más cobraba.


    Cuando su marido le dio la noticia, Vanesa se tragó el estremecimiento de pavor que la sacudió y, recomponiendo una sonrisa, le había asegurado que no había de qué preocuparse, que un hombre tan preparado e inteligente como él no tendría dificultad en encontrar otra cosa, que se las apañarían, que ella también trabajaría, que todo iría bien... Pero pasaron los meses y nada fue bien. No había trabajo, ni para Claudio ni para nadie, y lo poco que había se lo quedaban chiquillos recién salidos de la carrera a los que no les importaba cobrar una miseria. Así que mientras él iba perdiendo la ilusión, las ganas y la esperanza, Vanesa perdía la fe y las fuerzas para continuar animando al hombre que cada vez se parecía menos a aquel del que ella se había enamorado hacía ya tantos años.


    Claudio se volvió irascible, taciturno y melancólico, y pasaba los días tirado en el sofá, aferrado al mando a distancia y a la devastadora idea de que no era capaz de sacar adelante a su familia, mientras que su mujer lo observaba desde lejos y hacía encaje de bolillos para poder pagar los caprichos de Irene y mantener la nevera llena. Al principio intentaba ayudarlo, llamaba a sus amistades preguntándoles si no tendrían un puesto de cualquier cosa, lo que fuera, lo obligaba a afeitarse, a salir a la calle, a mirar las ofertas de empleo en internet, pero tras meses de negativas, de respuestas airadas, de desprecios y ofensas soterradas, también ella tiró la toalla.


    Y una tarde de otoño, Vanesa hizo las maletas, se plantó delante del televisor y, entre lágrimas, le dijo al que había sido su marido durante casi dos décadas que lo sentía mucho, ¡tanto!, pero que ya no podía más. Y se fue. Él no intentó detenerla.

     

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