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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 09
    Noviembre
    2014

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    Todo tiene un precio

    Como a mí, porca misèria, a mi amiga Mónica se le han acabado las vacaciones y va la pobre como alma en pena porque para colmo de males ella, como les pasará seguro a muchos de ustedes, detesta a su jefe. Según Mónica, conste, su animadversión por quien hace ya más de una década tuvo a bien convertirla en su asistente personal, con contrato de trabajo fijo y todo, está más que justificada, ya que, al parecer, el tipo es déspota, pretencioso y carece por completo de piedad, aunque yo estoy del todo convencida de que el verdadero motivo por el que mi amiga no puede ni ver a quien le paga el sueldo todos los meses no es otro que el hecho constatado de que este dechado de virtudes es un machista irredento que además alardea de su falta de modales y de sus arcaicos ideales.


    Con todo, Mónica, que no tiene de tonta ni un pelo de su teñidísima melena, se esfuerza para que no se le note la manía que le inspira el hombre, porque es perfectamente consciente de que  no están las cosas como para quedarse sin curro, y le sigue el juego cada vez que el tal Luis, pues así se llama el empresario, tiene el día sociable y aparece con ganas de cháchara. Entonces mi amiga se arma de paciencia, se amordaza mentalmente e intenta no replicarle demasiado cuando él se dedica a ponerla a prueba con comentarios provocadores como que las emociones inhabilitan la inteligencia femenina o que la maternidad es una tara en el mundo empresarial.


    Sin embargo, la abnegada empleada es perfectamente capaz de reconocer, aunque a regañadientes, que Luis es también un hombre tremendamente culto, y que gracias a él y a sus días expansivos, ella ha tenido ocasión de aprender un montón de cosas, como cuando la saca del bar de menús que mi amiga frecuenta a la hora del almuerzo y, en uno de sus poco frecuentes arranques de generosidad, se la lleva a comer a un restaurante de a cien euros el cubierto y la ilustra sobre pintura renacentista o música barroca mientras observa con magnanimidad como Mónica se deleita con las exquisiteces que él ha pedido para ambos.


    Y fue precisamente en una de esas comidas, tan raras como instructivas, cuando Luis le contó a Mónica la vivencia que hoy compartiré con ustedes porque bien se merece unas líneas:


    Aquella tarde, el jefe de mi amiga no tenía ninguna cita importante y se había dedicado a tomar una copa de vino tras otra durante el almuerzo, así que en la sobremesa, ya algo achispado, Luis pidió café, copa y puro, y su leal secretaria se acomodó en su asiento y se armó de paciencia, presintiendo que le esperaba una tarde muy larga. No obstante, lo que Mónica no hubiese esperado nunca fue que, por primera vez en todos aquellos años, su jefe decidiese abrirle su corazón como lo hizo para contarle lo decepcionado que se sentía con una experiencia tremendamente desagradable que, al parecer, había tenido la noche anterior.


    Por lo que se ve, aquella noche Luis había salido a cenar con unos clientes y después de darse un homenaje en uno de los restaurantes más selectos de la ciudad, algunos de los hombres, él entre ellos, habían decidido continuar la fiesta tomándose una copa en un bar de esos pijos que frecuentan los empresarios ricos y en los que cobran el gin-tonic a veinte eurazos. Y fue cuando Luis estaba a punto de pedir la segunda ronda cuando una rubia espectacular trastabilló al pasar a su lado y estuvo a punto de caer sobre él, si el jefe de mi amiga no hubiese tenido los reflejos de sujetarla a tiempo. Luis, que es de los que hace ya algunas décadas que sólo liga con la Visa oro entre los dientes, no podía creer en su suerte cuando la rubiaza se detuvo a charlar con él y aceptó su invitación a una copa. Pero lo que desde luego tampoco esperaba era que, cuando él le propuso irse juntos a un sitio más íntimo, aquel bombonazo se acercara a su oreja y susurrase: “Van a ser seiscientos euros, guapo”.
     

     

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