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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 14
    Diciembre
    2014

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    Un hombre muy generoso

    Claudia se casó enamoradísima. Rodolfo, su marido, era y sigue siendo un hombre muy guapo, además de que parecía tremendamente divertido y, sobre todo, extremadamente galante, así que mi amiga vio cumplidos todos sus sueños de adolescente el día que aquel partidazo le pidió que se casasen al modo tradicional, es decir, con cena romántica, rodilla en tierra y anillo de por medio, después de poco más de un año de noviazgo perfecto lleno de ramos de rosas y promesas de amor eterno.


    Y es que Rodolfo era absolutamente perfecto en cada detalle: Como tenía un trabajo muy bien remunerado y además era un poco, por no decir un mucho, workaholic, o sea, adicto a su profesión, le compraba todos los caprichos que a mi amiga se le antojaran, que no eran pocos ni baratos, se preocupaba constantemente de su bienestar e incluso adoraba a Elena, la hija que Claudia tenía de un matrimonio previo y con cuyo padre había perdido toda relación, después de que éste la maltratara al principio, psíquica, y a la postre, físicamente. Así que Claudia flotaba en una nube de amor cuando firmó el contrato matrimonial en el salón más bonito del Ayuntamiento de la ciudad, enfundada en un maravilloso Valentino que su flamante marido había insistido en comprarle para la ocasión con el irrefutable argumento de que, al fin y al cabo, ella no se merecía menos en el día más importante de su vida.


    Los meses que siguieron a una luna de miel a todo trapo en Isla Mauricio fueron esa sucesión de acontecimientos que cualquier mujer se imagina que tienen lugar después del The End de las películas de amor que tanto gustan a la mayoría: Sexo desenfrenado, química a toneladas y romanticismo exacerbado. Luego, cuando tanto frenesí se calmó un poco, Rodolfo comenzó a insistirle a Claudia para que volviese a quedarse embarazada, haciendo uso del manido argumento de querer consolidar su amor trayendo una nueva vida al mundo, y aunque al principio mi amiga se hizo la remolona, porque aún recordaba su primera y hasta entonces única experiencia con la maternidad y sus nefastas consecuencias para con su anterior matrimonio, al final, cómo no, acabó cediendo a tanta presión edulcorada y se quedó embarazada del que resultó ser un varón adorable y calcadito a su padre.


    Pero poco tiempo después del nacimiento del primogénito de Rodolfo, el envoltorio de lo que parecía ser la familia perfecta comenzó a desgarrarse a medida que Claudia se iba dando cuenta de que su generoso marido, en realidad, acallaba cada una de sus quejas, cada vez más frecuentes, con un suculento talón. Porque así era como Rodolfo funcionaba: Si Claudia le recriminaba que no se ocupaba de los niños, él le regalaba un carísimo vestido nuevo, un moderno cacharrito para el hogar o un aumento de sueldo con ampliación de horario para la niñera. Si mi amiga se lamentaba porque su ya no tan amado esposo no había recogido ni la ropa interior del suelo del cuarto de baño después de haberse duchado, Rodolfo la compensaba con un carísimo conjunto de lencería, una novedosa y sofisticada lavadora y una sesión de spa. Y así, para todo… Lo peor era que, para más inri, cuando mi amiga comenzó a reprocharle a su abnegado esposo su actitud machista y su absoluto desinterés por las responsabilidades familiares, Rodolfo alegaba que su función como cabeza de familia era la de asegurar el bienestar económico de los suyos y que eso lo cumplía con creces. Y le regalaba unos pendientes de brillantes.


    Así que después de meses de presentes extraordinariamente caros y cada vez más frecuentes que pretendían tranquilizar la conciencia de Rodolfo y sólo conseguían que Claudia se sintiese más y más sola y más y más estafada, y de convivencia extraordinariamente incómoda y cada vez más fría, fue cuando mi amiga entendió por fin que la generosidad de su desprendido marido no era en realidad más que una retorcida forma de control, pues con aquellos regalos tan espléndidos Rodolfo sólo pretendía en realidad comprar su propia tranquilidad, y comprendió también que en esta vida nadie da duros a cuatro pesetas y que nada, absolutamente nada, sale gratis.
     

     

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