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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 21
    Abril
    2014

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    Un putón verbenero

    Marga está hasta las narices de ser ‘la amiga soltera’ y, ojo, no es porque ella no esté encantada con su estado de soltería: la cama doble para dormir a sus anchas, libertad para escoger el canal de la tele que le de la gana y sexo sin compromiso y con un hombre diferente siempre que le apetece. A ver a quién le amarga un dulce. No, de lo que está harta es de que la compadezcan, de que sus tías le recriminen que se va a quedar para vestir santos, su madre le advierta que se le va a pasar el arroz, sus amigas la miren con conmiseración cuando va a una boda sin acompañante y, lo peor de todo, que esas mismas amigas se empeñen en que haga de canguro de sus churumbeles como si ‘la pobre Marga’ tuviese un útero que no para de reclamar su atención, exigiéndole una maternidad que en realidad ella no echa en absoluto de menos a pesar de haber avanzado ya bastante en la treintena. Pero de lo que más harta está Marga es de los maridos de esas mismas amigas.


    En realidad, Marga, que es una mujer de bandera con total independencia económica y emocional, había decidido hacía ya algún tiempo, después de que el último hombre con el que había convivido empezara a saludarla con gruñidos y a dedicarle sus cuescos, que el mal trago del desenamoramiento no compensaba el enamoramiento previo, por muy romántico y apasionado que éste hubiese sido, y que cocinar solo para una, ir sola al cine, o pagar a alguien para que te ayude con las bolsas de la compra no era en realidad ninguna tragedia, aunque muchos, tantos, creyesen lo contrario. Así que, tras sobreponerse a los primeros meses de desorientación inevitables después de una ruptura, Marga había asumido con rapidez que no había mal que por bien no viniese y que sin pareja no se estaba nada, pero que nada mal.


    Lamentablemente, había muchos, la mayoría, incluso gran parte de aquellos que la conocían bien, que estaban convencidos de que aquella actitud de Marga no era más que una pose, que su resplandeciente sonrisa ocultaba una profunda amargura y que en el fondo, pobrecilla, estaba deseando ‘sentar cabeza’ y formar una familia. Para estos era sencillamente inconcebible que Marga estuviese encantada con su situación desparejada, que no envidiara las broncas constantes de sus amigas con sus maridos, su codependencia de sus hijos, sus ojeras y su expresión cansada…. En realidad, Marga tenía que esforzarse para no ser ella la que las compadeciera, pero se guardaba muy mucho de confesarlo y hasta de pensarlo, porque se negaba a caer en su misma trampa de condescendencia y prepotencia.


    Sin embargo, había una actitud que le resultaba casi imposible de soportar y era la de los maridos de aquellas amigas, que la trataban como si fuera un putón verbenero, aún a pesar de no ser ni la mitad de promiscua de lo que ellos lo habían sido cuando todavía eran solteros. Aquellos machistas redomados parecían estar convencidos de que el hecho de que Marga no tuviese pareja estable y pudiese acostarse con quien le viniese en gana le otorgaba a ellos el derecho de gastarle todo tipo de bromas de mal gusto y, lo peor de todo, de mirarla con ojos cargados de una lascivia que la hacía sentir tremendamente incómoda. Si toleraba a duras penas aquel trato completamente vejatorio era por tener la fiesta en paz y no acabar como el rosario de la aurora con ninguna de sus amigas.


    No obstante, un día, Marga fue incapaz de seguir conteniéndose después de pasar unas cuantas horas aguantando que uno de aquellos elementos se dirigiera a sus tetas cada vez que le hablaba. “Mis ojos están aquí arriba”, explotó finalmente, intentado, a pesar de todo, mantener la compostura. Para su sorpresa, fue su amiga, la mujer del energúmeno cuya cara se había vuelto del color de los tomates maduros, la que la miró con desagrado y respondió:-“Chica, si no te pusieras esos jerséis tan apretados, te ahorrarías este tipo de cosas”. Y acto seguido, prendió del brazo a su atribulado consorte y desapareció.


    Ya dice el dicho que el peor enemigo de una mujer es otra mujer.
     

     

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