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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 15
    Marzo
    2015

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    Las Palmas Gente desamor amante romance

    Un romance de película

    El hotel de la capital griega donde se celebraba aquel curso de formación al que me envió la que era mi empresa por entonces se llamaba Afrodita, como la mitológica diosa del amor, así que resultó bastante irónico que fuera allí donde vi por primera vez a Samuel.


    Recuerdo que aquella noche brillaba una luna enorme sobre el mar en calma que se divisaba desde la terraza del hotel, y que cuando Samuel entró al restaurante donde algunos de mis compañeros y yo cenábamos algo ligero antes de irnos muy responsablemente a la cama para estar despejados y frescos al día siguiente, nos quedamos los dos como hipnotizados, mirándonos. Luego Samuel avanzó hacia mí, y recuerdo que cuando estuvo lo suficientemente cerca, el aire crepitó y zumbó a nuestro alrededor, hasta que al fin nos tocamos y el resto del mundo desapareció…


    Aquellos días de un septiembre más cálido de lo habitual por aquellas latitudes, Samuel y yo sólo volvimos a separarnos lo estrictamente imprescindible. No importaba que el resto de los asistentes al curso, que acudían desde todos los rincones de Europa y Oriente Próximo, murmuraran a nuestro paso, no importaba que él fuera de un lugar tan lejano que yo ni siquiera hubiera sido capaz de ser precisa al ubicarlo en el mapa. Ni siquiera importaba que en el dedo anular de su mano izquierda brillara una alianza. A fin de cuentas yo ya sabía desde hacía mucho que era la candidata perfecta para convertirme en la amante de algún hombre casado: soltera, de treinta años, con cierto rechazo hacia el compromiso y una vida profesional muy intensa que me obligaba a pasar más noches de la semana en hoteles que en mi propia casa. Pero lo que nunca hubiera podido imaginar era que iba a enamorarme como lo hice aquellos días en Atenas: de forma total y absolutamente irrevocable.


    Cuando el curso en Grecia llegó a su fin, Samuel y yo teníamos la más completa certeza de que seguiríamos en contacto y así fue: desde entonces, nuestras llamadas eran diarias, a veces a horas intempestivas, otras en los momentos más inoportunos, pero nada de eso era relevante. Y apenas unas semanas después de habernos conocido ya habíamos buscado la forma de volver a encontrarnos en un congreso en Roma, y luego en otro en París, y después un fin de semana en Estambul y al cabo de unos pocos meses, otro en Barcelona…


    Durante casi un año, Samuel y yo encontramos una y otra vez la manera de volver a vernos y pasar unos días juntos, a veces tan sólo unas pocas horas. El mundo se volvió pequeño frente a la acuciante necesidad de estar cerca uno del otro que ambos sentíamos. Y así, aquel amor como el de las películas fue consumiéndose en el fuego de una pasión desmesurada que se alimentaba de paseos bajo la luz de la luna en los Campos de Marte, de cenas al resplandor de las velas en el Trastevere, de horas de playa bajo el sol de la Barceloneta y, sobre todo, de muchísimas momentos a oscuras, entre las sábanas de un hotel cualquiera de una ciudad cualquiera… Él no me hablaba de su mujer, ni de su vida en su país. Yo tampoco quería saber. Porque nada que no fueran el aquí y el ahora tenía sentido alguno cuando estábamos juntos. Nuestro pasado carecía de importancia. El futuro daba igual.


    Y pasó el tiempo. Y ocurrió lo que siempre termina ocurriendo en estos casos: yo quise más. Ya no me bastaban los encuentros clandestinos, las escapadas románticas, la tentación del fruto prohibido, la pasión de los primeros tiempos. Quería despertar junto a él cada mañana, quería ser yo quien le cuidase cuando estaba enfermo, quería ser su casa y su familia… Pero él ya tenía una familia.


    Nos despedimos una mañana de julio, casi un año después de aquella primera noche ya tan lejana, en Grecia, a la luz de un resplandeciente día de verano, bajo un límpido cielo madrileño, como aquellos que tan bien describía Galdós. Nos despedimos con un beso muy largo y sin una sola lágrima. Y aunque jamás volví a verlo, todavía hoy, a veces, lo recuerdo.

     

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