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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 15
    Mayo
    2014

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    Un secreto a voces

    Estaba casada; no se lo podía creer. Cuando aquella chica de contabilidad lo había mencionado así, como de pasada, como si ambos protagonizaran una escena de Cámara Café, José Carlos apenas sí podía dar crédito a lo que acababa de oír. ¿Cómo era posible? Él no estaba loco, ni era uno de esos imbéciles que se creían la última cantimplora del desierto. No. Aquella mujer llevaba varias semanas flirteando con él, provocándolo deliberadamente, mostrándole su interés abiertamente. De eso estaba totalmente seguro. Y como además, aquella elegante morenaza que se adentraba ya cautelosamente en la cuarentena era un bombón, él le había seguido el juego más que encantado. ¡Y ahora resultaba que estaba casada! ¡Y encima con uno de los directivos de la empresa! Era para mear y no echar gota, vamos.


    Una vez que se hubo recuperado del estado de shock en el que se sumió después de procesar  aquella información que tan inesperadamente había llegado a sus oídos, José Carlos tomó una determinación: Cortaría por lo sano. En adelante se acabarían las miraditas insinuantes, las frases con doble sentido, los roces accidentales en el ascensor y todos esos pequeños gestos que habían aderezado su día a día durante las últimas semanas y que tanto le habían divertido y, para qué negarlo, excitado. No podía permitirse el lujo de que, en un entorno tan pequeño, que lo era, por mucho que trabajara en una multinacional que ocupaba tres de las plantas de aquel edificio de oficinas del centro de la ciudad, el marido de Sonsoles, porque así se llamaba la causante de su desasosiego, se enterase accidentalmente de sus devaneos con su mujercita y acabara liándose la marimorena. Se jugaba el puesto, y no estaban las cosas como para quedarse en la calle.


    Así que la siguiente vez que José Carlos se encontró con Sonsoles en el ascensor, procuró alejarse de ella lo más posible reubicándose en la otra esquina del cubículo y la ignoró deliberadamente, esforzándose concienzudamente para no desviar la mirada hacia el provocativo escote que la que había sido protagonista de sus sueños más lúbricos lucía aquella mañana. Sonsoles debió de darse cuenta de su repentino alejamiento, porque durante los días siguientes, José Carlos volvió a tropezársela en los pasillos, la máquina del café de su planta y la puerta de los servicios, lo cual significaba, sin lugar a dudas, que la mujer provocaba sus reuniones con toda premeditación. No obstante, él se mantuvo firme en su decisión y todas las veces se limitó a dirigirle una sonrisa de cortesía que dejaba patente sus reconducidas intenciones.


    Sin embargo, la noche de la cena navideña, las tres copas de vino y los cuatro gin-tonics que José Carlos se echó al gaznate, unido al espectacular vestido rojo con muy poca tela con el que Sonsoles hizo su aparición y a las ganas durante tanto tiempo contenidas y negadas desencadenaron un tórrido encuentro en el cuarto de baño del restaurante, que dejó al hombre tan satisfecho como arrepentido… Y a pesar de que José Carlos se repitió una y mil veces aquello de “una y no más, Santo Tomás”, lo cierto es que, a partir de aquel día, la pareja continuó dando rienda suelta a su desaforada pasión y protagonizando escenas tan furtivas como subiditas de tono en los rincones más insospechados de aquel edificio de oficinas en el que ambos comenzaron a hacerse los encontradizos, cada vez con más frecuencia.


    Al cabo de algunas semanas de escarceos clandestinos, José Carlos tiró al fin la toalla también moralmente, y se convenció a sí mismo de que, mientras lo mantuvieran en secreto, tampoco había tanto de qué preocuparse, para concentrar luego las pocas fuerzas que le quedaban en ser lo más discreto posible. Sin embargo, lo que nunca hubiese podido imaginar fue lo que le ocurrió una mañana cualquiera, después de más de dos meses viéndose a escondidas con Sonsoles: Un compañero de Recursos Humanos al que sólo había visto en contadas ocasiones se le acercó en el ascensor y, palmeándole la espalda con un guiño de complicidad, lo interrogó sin preámbulos sobre la veracidad  de los rumores que afirmaban que la mujer del jefazo era una bomba sexual.
     

     

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