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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 18
    Mayo
    2014

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    Una cena peculiar

    No hace demasiado, mi amiga  Carmen me contó que estaba encantada porque llevaba unos días viéndose con un tipo fantástico: Que si estaba de coge pan y moja, que si era maravilloso, listísimo y de todísimo. Yo me encogí de hombros y aunque no me creía nada eso de que el dechado de virtudes aquel fuera tan sumamente perfecto, le deseé a mi amiga que le durase mucho la tarta nupcial. Sin embargo, no mucho después, cuando llamé a Carmen para preguntarle cómo le iba la luna de miel, la encontré algo mustia, y es que, al parecer, después de un par semanas de idilio de cuento de hadas, Mr. Perfecto la había invitado a cenar a su casa y allí había sido donde el tipo se había caído con todo el equipo.


    Por lo que se ve, Carmen se llevó la primera sorpresa desagradable cuando llegó a casa del susodicho y contempló las viandas del ágape: Cuatro lonchas de jamón del que anunciaba Bertín Osborne, tres de chorizo, y dos tarros de cristal de paté de ese de producción industrial, con un par de bizcochos aún enfundados en su plastiquillo. No obstante, mi amiga mantuvo la compostura y se sentó a la mesa a degustar tan exquisitos manjares, porque además venía famélica y aquello tenía toda la pinta de ser entrantes, segundo y postre.


    La segunda sorpresa llegó cuando, al ir a alcanzar la copa del vino que probablemente le había costado a ella más que toda la comida que había sobre la mesa, algo le impidió levantar el brazo: Se había quedado pegada al hule que hacía las veces de romántico mantel floripondeado. Así que Carmen se pasó toda la cena bailando Los Pajaritos para no tener que apoyar los antebrazos en aquel pegajoso  objeto de su horror, que con tan poco acierto y menos higiene aún, su destronado príncipe azul había olvidado limpiar… durante al menos los últimos tres meses. Comió poco, porque había poco que comer y el paté aquel sólo estaba más bueno que el pan en los anuncios de la tele, pero se bebió casi entera la botella de vino con la que había contribuido a aquella pintoresca velada, y no porque al fin y al cabo la hubiese pagado ella, que también, sino porque necesitaba llenar el agujero que tenía en el estómago y el refrigerio no es que diera para mucho.


    Así que flotando en la nube rojiza de los efluvios etílicos, la decepcionada comensal decidió liarse al manta a la cabeza y aceptar el ‘postre’ que, haciendo gala de gran sutileza, le insinuó aquel príncipe convertido en rana desde que la última loncha de jamón hubo desaparecido del plato. Postre que, evidentemente, no se trataba del mus de chocolate que mi hambrienta amiga se hubiese zampado tan a gusto, sino de pasar a palabras mayores en el dormitorio del rácano anfitrión, aunque, al fin y al cabo, era por todos sabido que el ejercicio mataba el hambre; o al menos te hacía olvidarlo durante un rato…


    Carmen respiró hondo y se dijo a sí misma que, en cualquier caso y a pesar de todo, el Señor Scrooge aquel seguía estando un rato bueno y que, de todas formas, tampoco estaba mal que amortizase el conjuntazo de ropa interior que había adquirido para darle una alegría a su ya declarado ogro verde, aunque también le daba una rabia que pa qué haberse tomado tantas molestias por un tipo cuyo máximo esfuerzo para la ocasión había sido encender cuatro velas de esas del Ikea.


    ... Pero lo cierto, queridas y queridos, es que el que es egoísta, no lo es sólo para gastarse los euritos en una comida en condiciones con jamón de pata negra, o por lo menos un solomillito, y mi amiga se vino a dar cuenta de ello cuando se percató de que el antaño protagonista de sus tórridos sueños tampoco iba a esforzarse con el postre, como no lo había hecho con el resto de la cena. Hablando claro y sin tapujos: Que la dejó con las ganas, y mi amiga tuvo que volverse a casa con tanto o más hambre del que traía puesto. En todos los sentidos.
     

     

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