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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 17
    Febrero
    2015

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    crisis Las Palmas Gente infidelidad pareja

    Una familia perfecta

    Federico no sentía una gran vocación hacia la medicina, pero su padre y también el padre de éste habían sido médicos, así que, siendo Federico el primogénito, nadie, y mucho menos él, tuvo nunca la menor duda de que seguiría la tradición familiar y se doctoraría como galeno. Luego, durante los años de prácticas hospitalarias, Federico conoció a Carolina, una estudiante de enfermería muy tranquilita educada en el seno de una familia muy conservadora para que sus mayores ambiciones en la vida fueran casarse y formar una familia, así que, desde que Federico comprobó que su dulce y sumisa novia  no se interpondría jamás entre él y su ego ni cuestionaría sus decisiones, decidió que aquella era la mujer idónea para convertirse en la madre de sus hijos en un futuro no muy lejano.


    Pasaron años, no demasiados, pero sí los suficientes, de comidas familiares en casa de los suegros, tardes de meriendas y cine, más de un calentón, porque no era Carolina de las que consumaban el acto antes de pasar por vicaría, faltaría más, y la certeza de unos y otros de que la joven pareja se casaría en cuanto Federico hubiese terminado su residencia.


    Y así fue: el mismo día en que el flamante anestesista firmaba su contrato con el hospital donde había terminado la especialidad y en el mismo almuerzo donde ambas familias celebraban con gran orgullo el magno evento, Federico hincó la rodilla en el suelo y le ofreció a su emocionadísima novia un flamante brillante del tamaño adecuado, cómo no, que todas las mujeres asistentes aprobaron con lágrimas en los ojos. Luego descorcharon champán, encendieron puros y, entre unos y otros, fijaron la fecha y comenzaron los preparativos de la que sería la boda del año, sin lugar a dudas.


    Así que se casaron. Y aunque, en su nerviosismo, el novio tuvo un instante de pánico cuando se encontró en el altar mayor de la catedral con el esmoquin puesto, éste dio paso a lo que debía ser la felicidad desde el momento que vio a la radiante novia caminar a su encuentro por el pasillo central, vestida de blanco inmaculado y con los ojos brillantes de emoción y, sobre todo, a su propio padre mirándolo con orgullo desde la primera fila de bancos.


    Después vinieron la hipoteca del piso en un barrio residencial de gran reputación en la ciudad, los muebles de diseño, las cenas con compañeros del hospital y el primer hijo, que convirtió a Carolina en la mujer más feliz del mundo y a Federico, en el exitoso padre de familia que siempre había querido ser. No mucho después llegó la parejita, una preciosa niña que perfeccionó aún más, si es que eso era posible, la perfecta familia. Y siguieron pasando los años…


    Federico ascendió en el hospital, vendió el apartamento para comprarse el chalet con piscina con el que siempre soñó e inscribió a sus hijos en el mejor colegio, religioso, cómo no, de la ciudad. Pero también engordó, dejó de reír y  ni siquiera se dio cuenta de que Carolina y él se iban distanciando lenta pero inexorablemente, porque los turnos y guardias del hospital apenas si le dejaban tiempo para verla ni a ella ni a sus pequeños, que crecían a la sombra de un padre autoritario y exigente al que no había que importunar cuando llegaba exhausto a casa por las noches. Y a veces ni eso.


    Y un día, poco antes de cumplir la cuarentena, Federico se miró al espejo y no reconoció a aquel hombre barrigón y con poco pelo que le devolvía una mirada cansada y triste, así que cuando aquella misma tarde coincidió en el quirófano con aquella cirujana tan sexy, se armó de valor y le propuso salir a cenar cuando terminaran la faena. Y ella aceptó…


    Después de aquella noche Federico recuperó algunas cosas y perdió otras: recuperó la risa, el apetito sexual y la autoestima y perdió quince kilos y la posibilidad de un acercamiento con la madre de sus hijos, que lo esperaba en casa cada noche preguntándose por qué su marido llegaba cada día más tarde y, sobre todo, por qué ya no le ponía una mano encima.

     

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