Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 31
    Marzo
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Una idea pésima

    El otro día me fui a hacer la compra a un centro comercial de la ciudad y cuando me vine a dar cuenta había perdido las gafas de sol. Volví sobre mis pasos y las busqué en la sección de congelados, la nevera de los yogures desnatados y hasta entre las viejas de la pescadería, y aclaro que me refiero al pescado autóctono con ese peculiar nombre, no a las señoras de cierta edad; faltaría más. Las busqué por todas partes, porque sé que tengo el mal hábito de ponérmelas en la cabeza cuando estoy en interiores, para luego tenerlas más a mano, en vez de guardarlas en su estuche, que es lo que tendría que hacer cada vez, pero me da mucha pereza. Y nada, tuve que darme por vencida y suponer que alguna espabilada se las había echado al bolso mientras pillaba los tetra-bricks de leche en oferta, porque se las había tragado la tierra.


    Y ya estaba yo asumiendo la pérdida y hasta haciéndome ilusiones con comprarme unas nuevas, e incluso fantaseaba con unas de ensueño y probablemente inasequibles para mi siempre exigua economía, que había visto no hacía mucho en una revista de esas pijas, mientras me daba las mechas en la peluquería, cuando, de regreso al aparcamiento del centro comercial, me encuentro una nota prendida al limpiaparabrisas de mi coche, en la que alguien había manuscrito con trazo elegante e indiscutiblemente masculino: “Si ha perdido usted sus gafas de sol, llame al…”, y un número de teléfono móvil. Perpleja, porque no me imaginaba que aún hubiese gente en el mundo que no se quedase con unas Tom Ford así, sin pestañear y con pocos o ningún remordimientos, marqué el número, y una voz tremendamente viril me comunicó, muy amablemente, y tras el pequeño interrogatorio con el que se aseguró de que en realidad fuese yo, y no otra, la legítima propietaria de los oscuros anteojos, que de camino a su propio vehículo había encontrado las gafas junto al que, muy acertadamente, supuso que era el coche de su propietaria. Y que estaría encantado de quedar conmigo para devolvérmelas.


    El gentleman vivía en las afueras de la ciudad, así que acordamos que yo recogería las gafas al día siguiente, en una gasolinera de una zona cuya ubicación, al parecer y según sus propias palabras, le quedaba de paso a mi héroe. Pero como la ley de Murphy es una de las tantas que se corrobora cada día de nuestras vidas, esa misma mañana caí yo en la cuenta de que tenía hora en el taller para que arreglasen unos arañazos que le había hecho al coche en un par de ocasiones en que a las columnas del garaje de casa les había entrado el mal de San Vito mientras yo aparcaba, con lo que no me quedó más remedio que pedirle a mi  queridísimo que me acercara en la moto. Así que para allá que nos fuimos, mi consorte y yo, a la hora acordada.


    … Y esperábamos ambos en el punto de encuentro, cuando se detiene a nuestro lado un cochazo, del que se baja un pedazo de tío bueno de esos de quitar el hipo, vestido como los modelos de las revistas de moda masculina. Yo, que no daba crédito, me apresuré a cerrar la boca, antes de que mi santo se percatara de que se me había quedado abierta por la impresión que me había causado semejante visión, y me dije para mis adentros que no podía tener tan mala suerte, mientras rezaba a todos los dioses conocidos para que no fuera aquel Adonis el que tenía que devolverme las gafas… Pero mi gozo en un pozo; era él.


    George Clooney se presentó a ambos, me devolvió las gafas y se despidió, para luego volver a subirse a su batmovil y desaparecer de mi vida para siempre, dejándome maldiciendo para mis adentros por haber tenido la pésima idea de presentarme al encuentro con mi marido, porque, ¿qué quieren que les diga?: un poco de sano tonteo no le hace daño a nadie y va muy bien para la autoestima. Que a ver a quien le amarga un dulce.
     

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook