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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 13
    Mayo
    2014

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    Una para todos

    En realidad había sido la vida la que los había separado. Los hijos, las obligaciones, los horarios incompatibles… Pero ellos seguían queriéndose como cuando formaban una panda de chiquillos que apenas alcanzaban la veintena y quedaban en aquel bar de mala muerte donde solían reunirse para echar unas cañas, unos dardos y, sobre todo, unas risas. Todos, los cuatro, sabían que en el fondo seguían siendo los mismos, que debajo de aquella tripa cervecera, aquellas entradas y las fastidiosas patas de gallo que enmarcaban sus ojos se escondían aún aquellos chavales que querían comerse el mundo… y a todas las mujeres que se les pusieran por delante y que no se salieran demasiado de los parámetros de belleza establecidos por cada uno.


    A Antonio siempre le gustaron las morenazas, esas mujeres bandera, todo curvas, y de grandes ojos oscuros, pero se había casado con Clara, que era rubia, delgada y, según él, le hacía la vida imposible. Pepe prefería a las mujeres delicadas, pequeñitas, y sin embargo hacía algunos meses que se había separado de la que había sido su esposa durante siete años, Carmen, que era alta y un poco rellenita. Enrique era el guaperas del grupo y también la envidia de sus amigos, porque tenía una novia distinta, a cual más espectacular, cada tres o cuatro meses. Y Juan… Bueno, Juan en realidad siempre había sido un hombre muy familiar y parecía ser el único que se sentía verdaderamente a gusto con su situación de marido y padre de tres churumbeles.


    Todos eran tan distintos que parecía hasta raro que hubiesen sido tan buenos amigos durante casi veinte años. Pero lo eran. Quizás más por lo que había habido que por lo que todavía quedaba. Quizás porque manteniendo aquella amistad, a pesar de que apenas les quedaba ya nada en común, los cuatro se aferraban a los últimos retazos de una juventud que se les escurría entre los dedos. Pero lo cierto era que aún sentían mucho aprecio los unos por los otros y se palmeaban las espaldas con efusividad las escasas veces que se encontraban por casualidad y con prisas de camino a sus quehaceres diarios.


    Por eso, porque todos recordaban con nostalgia aquellas noches de borracheras hasta el amanecer, cuando aquella Navidad, Pepe, que como todos los que acaban de separarse intentaba desesperadamente recuperar lo que él consideraba un tiempo perdido, había enviado un correo electrónico colectivo para proponer un rencuentro navideño, todos aceptaron inmediatamente.


     Quedaron en el bar de Paco, el de toda la vida, pero el primer chasco fue encontrarse con que aquel garito oscuro y cutre donde habían compartido risas y cubatas ya ni siquiera existía, así que los cuatro se esforzaron por disimular su decepción y entraron en otro que aún siendo parecido, nunca hubiera podido ser el mismo. Pidieron gin-tonics, porque ya lo del cubata no se usaba, aseveró Enrique, que siempre había sido el que más entendía de modas, y comenzaron a ponerse al día. Al principio presumieron de cargo, de hijos y de viajes, pero a la tercera copa se soltaron las lenguas y todos acabaron lamentando sus vidas y añorando su juventud. Fue entonces cuando Pepe les contó de su separación, de lo mal que lo estaba pasando y de que Carmen no lo dejaba ver a los niños. Sus amigos, cómo no, se solidarizaron con él de inmediato, y así, jaleado por unos y otros, Pepe se envalentonó y acabó dedicándole a su exmujer unas cuantas lindezas.


    … Y fue precisamente entonces cuando Enrique, el guaperas, el ligón, decidió meter baza y recordarle que la madre de sus hijos había sido, además, bastante guarrilla, y para demostrarlo confesó, a calzón quitado y después de quince años, que él mismo había tenido un rollete con ella poco antes de que se hiciera novia de su amigo. No obstante, no fue aquella revelación la que dejó a Pepe en estado casi catatónico, sino oír como inmediatamente después, sus otros dos amigos hacían exactamente la misma confesión. Evidentemente, después de escuchar aquello, Pepe decidió que mejor no les contaba que, justo el día anterior, Carmen le había propuesto volver a intentarlo y que él incluso se lo había estado pensando.
     

     

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