Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 30
    Abril
    2014

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Vecinos entusiastas

    Carmen estaba encantada con su casa nueva. Había ahorrado durante muchos años para poder dar una entrada decente y que el banco aceptara otorgarle un crédito hipotecario por el porrón de euros que aún le quedó por pagar a pesar de la cuantiosa suma que había adelantado, así que cuando por fin recibió la llave de manos de aquel agente inmobiliario de sonrisa Profident, se sentía flotando en una nube.


    No le importaba a Carmen que el apartamentito apenas alcanzara los cincuenta metros cuadrados, se encontrara en un viejo edificio sin ascensor y tuviera que ser reformado casi por completo, porque también era cierto que estaba en una zona inmejorable, había tan solo dos vecinos por planta y, lo más importante de todo, era suyo. Así que cuando acabaron por fin las interminables obras que liquidaron los pocos ahorros que le habían quedado tras la compra de la vivienda, Carmen se mudó a su nuevo hogar, henchida de orgullo y felicidad.


    …Y estaba aún desempaquetando cajas y abrillantando ventanas cuando un chico entradito en carnes, de rostro caballuno y mirada huidiza llamó a su puerta y se presentó como su único vecino de planta. A pesar de que el muchacho se mostrara un poco demasiado entusiasmado con su presencia en el edificio y no apartase la mirada de sus tetas durante todo el tiempo que duró la conversación, Carmen intentó ser con él lo más amable posible, porque al fin y al cabo iban a compartir rellano y siempre había que procurar estar a bien con los vecinos. Sin embargo, a partir de aquel día, Mario, pues así se llamaba su nuevo admirador, volvió a llamar a su puerta cada día, y a veces más de una vez en el mismo día, con excusas variopintas: Que si puedes prestarme el lavavajillas, que si sabes si hay wifi en la zona, que si tu ves bien no-sé-qué canal porque es que yo no consigo sintonizarlo, que si esto, lo otro y lo de más allá… A medida que pasaban las semanas, los motivos que justificaban las visitas de Mario se volvieron cada vez más peregrinos, y la paciencia de Carmen, más escasa, no obstante, intentó mantener el tipo, ya que, como era lógico, no le parecía adecuado ser grosera con él, por muy pesadito que fuese, o por mucho que se lo mereciese. No obstante, al cabo de unas cuantas semanas, harta ya de la insistencia de Mario y de sus ridículas excusas para interrumpirla en los momentos más intempestivos en la intimidad de su hogar, Carmen comenzó a hacer oídos sordos al timbre de su puerta cada vez que éste sonaba. Para su sorpresa, Mario pareció captar la indirecta, porque tras un par de días de poner en práctica su nueva táctica disuasoria, su vecino dejó de insistir y la joven respiró aliviada.


    Pero una tarde de verano en la que hacía más calor del habitual, estaba la muchacha disfrutando de la lectura de su última adquisición literaria,  llevando encima tan sólo su ropa interior en un vano esfuerzo por combatir las insoportables temperaturas y con todas las ventanas de la casa abiertas de par en par en un intento por crear una ligera corriente de aire que la refrescase, cuando de pronto escuchó un cantarín y familiar “¡Hola, vecina!” desde su propio balcón, frente al que estaba ubicado el sofá donde ella reposaba casi como su madre la había traído al mundo.  Lo primero que pensó Carmen fue que su mente debía estar jugándole una mala pasada, porque era totalmente imposible que su acosador particular tuviera acceso a su balcón, no obstante, al levantar la vista, a punto estuvo de darle un patatús cuando vio que Mario, estirándose hasta lo imposible, había sacado la mitad de su cuerpo de su propio balcón, contiguo al suyo, para poder atisbar dentro de su vivienda. Y la amplia sonrisa que iluminaba su mofletudo rostro no dejaba lugar a dudas sobre si podía ver o no a la muchacha semidesnuda… En aquella ocasión Carmen no tuvo ningún pudor en decirle unas cuantas lindezas y hasta en amenazarlo con la policía si volvía a sorprenderlo espiándola, aunque después de haberse puesto algo encima, claro.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook