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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

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Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 25
    Abril
    2014

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    Viejas glorias

    Cuando conoció a Jorge, la posición de Clara era de una flagrante desventaja, ya que él era su cliente en un entorno profesional en el que los hombres aún trataban a las mujeres con condescendencia y éstas tenían que hacer de tripas corazón y aceptar con una gran sonrisa envenenada que se dirigieran a ellas con comentarios que pretendían ser galantes o jocosos, pero que en realidad eran tremendamente despectivos y sumamente insultantes. Él era un anciano, un hombre cuya planta podía revelar al ojo de un observador generoso e imaginativo, que veinte o treinta años atrás quizás hubiese podido ser un Don Juan con cierto éxito entre las féminas de todas las edades, pero que en la actualidad, con las marcas de la edad talladas en su consumido rostro y coloreando su escaso pelo, se había quedado en un venerable señor mayor que sólo podía aspirar a inspirar cierta ternura entre las mujeres que aún no hubiesen superado el medio siglo de edad y que tuvieran el sentido de la vista intacto. El problema radicaba en que el galán no había tenido aún la valentía de asumir que el tiempo pasa para todos, y más aún para los que una vez fueron guapos, y se comportaba como una vieja gloria que sólo provocaba la más cruel compasión en aquellas jovencitas y hasta maduritas completamente fuera de su alcance ante las que desplegaba su ajada y desplumada cola de pavo real, en un patético intento por reclamar su atención y comerse un rosco que no estuviera rancio.


    Durante aquel primer encuentro, Clara se vio obligada a recurrir a sus años de entrenamiento en plazas mucho más complicadas con morlacos infinitamente más peligrosos y con más bríos, y dar unos cuantos capotazos a los comentarios verdosos y de escaso gusto que Jorge le prodigaba en un patético esfuerzo por dejar claras sus intenciones, unas intenciones que, si él no hubiese sido un obstinado emisor con nula capacidad de recepción, se hubiese percatado de que ella no tenía ningún interés en reconocer y se esforzaba por obviar. Sin embargo, la muchacha creyó salir airosa del lance, diciéndose a sí misma que, al fin y al cabo, con un poco de suerte no tendría por qué volver a ver al elemento aquel. No obstante, como la vida es un cruel bufón que no pierde nunca la ocasión de gastarnos una de sus bromas pesadas, Clara volvió a encontrarse con Jorge al cabo de algunas semanas, y tuvo que volver a vestirse de luces y sacar el capote para lidiar con sus desagradables chistes y sus insinuaciones completamente fuera de lugar.


    Pero lo que no esperaba la muchacha fue el aluvión de llamadas que se produjo sin motivo aparente durante toda  una mañana, al poco de aquel último encuentro, y que coincidió con una faringitis que la mantenía con pocos ánimos, menos voz y ningunas ganas de aguantar tonterías de un viejo verde al que no le daba la gana de captar sus indirectas. Así que, a la séptima llamada del insistente pretendiente, Clara cogió su teléfono y le escribió un aséptico mensaje en el que le explicaba su enfermedad y emplazaba su conversación para cualquier indeterminado momento futuro. Y cual sería su sorpresa cuando, veinticuatro horas más tarde, cuando ella ya ni siquiera recordaba la existencia ni de su primer mensaje, ni de su destinatario, recibió en su móvil la siguiente respuesta: “¿Con Faringitis en la cama? ¡Se me adelantó el griego!”. Incapaz de dar crédito a que nadie, y mucho menos un señor de más de setenta años, tuviese la osadía de hacer una broma de tan mal gusto a una desconocida a la que casi doblaba la edad, al principio la joven decidió dejarlo correr, más que nada por no echar más leña al fuego, pero tras darle alguna vuelta más, se dio cuenta de que, si dejaba pasar aquella, habría muchísimas más, y que más valía una vez amarilla que ciento colorada. Y respondió: “Un comentario así me parecería de mal gusto incluso aunque hubiese confianza para hacerlo, que no la hay. Le ruego se abstenga de repetirlos en el futuro”. Todavía debe de estar el hombre remojándose la nuca.
     

     

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