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Apaga y Vámonos
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Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


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  • 07
    Septiembre
    2014

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    Ya no quedan gentlemen

     

    El otro día quedé a tomar un gin-tonic con una amiga mía y apenas si le había dado un sorbo a su Martini, porque la del gin-tonic era yo en realidad, no los voy a engañar, pero he de alegar en mi defensa que era jueves y era tarde. Pues acababa de probar ella su cóctel, decía, cuando empezó a relatarme con todo lujo de detalles su última cita-desastre:


    Resulta que mi amiga que, por cierto, bien podría ser un personaje de Sexo en Nueva York porque es lista, guapa, independiente y graciosa, conoció a un guaperas en un bar de moda una noche de marcha. Hasta ahí, lo normal… Ella ya viene escaldada de modelitos porque aprendió hace tiempo que, normalmente, el que recibe el regalo de la belleza se gana las cosas a golpe de sonrisa Profident y no se preocupa demasiado de currarse lo de dentro. Total, tampoco es que le haga ninguna falta. Pero lo cierto fue, al parecer, que al cabo de un rato de intercambiar risas y charla insustancial, aquel chico no le pareció a mi amiga un cabeza hueca superficial, como solía ocurrir en estos casos, así que esa noche se despidieron intercambiando sus direcciones de Facebook a través de sus smartphones, que es como se liga ahora, porque lo de darse los números de teléfono, por lo que se ve, se ha quedado totalmente anticuado, out y demodé … Así que después de cuatro Me Gusta, tres comentarios divertidos, un par de mensajes privados, tres ji-ji y dos ja-ja, el guaperas propuso a mi amiga verse para tomar algo y ella aceptó encantada.


    Emocionadísima ante la perspectiva de quitarse las telarañas, el día D, a la hora H, mi amiga se pone de punta en blanco y llega a la cita a la hora acordada. Dos besos, qué guapa estás, ¡uy, qué va, me he puesto lo primero que he pillado!, y empieza esa charla nerviosa y trivial de los preliminares, que yo, por cierto, detesto profundamente por artificial e hipócrita, pero que forma parte del ritual de apareamiento y no nos queda más remedio que envainarnos si queremos comernos algo.


    A la luz del día y sin copas el guaperas no pierde atractivo pero, lamentablemente, sí algo de simpatía y, desde luego, gran parte de su locuacidad, no obstante, mi amiga se dice que adelante con los faroles que, total, ya que está allí no tiene nada que perder poniéndole interés a la cosa y bajando el listón dos o tres metros. Sin embargo, la incómoda idea de que que el chaval es un tanto rarito comienza a rondarle por la cabeza insistentemente cuando éste empieza a reírse exageradamente de sus bromas y a mirarla con demasiada fijeza. Sin embargo, mantiene el tipo y trascurren un par de horas. Y ya estaba mi amiga pensando que total, para lo que ella lo quería, tampoco hacía falta que fuese ningún lumbreras, porque al fin y al cabo para charlas profundas ya tenía bastantes amigas, cuando el doble aquel de Henry Cavill, que no es otro que el nuevo Superman, para poner en antecedentes a todos los que aún no sepan cual es el nuevo sexsymbol de moda. Pues decía que el guaperas aquel pide la cuenta y,  tras revisarla con tanto detenimiento como si hubiesen comido doce en el restaurante de Ferrán Adriá, extiende su mano y le pide a mi amiga el montante total de las dos Colas Light que ésta se ha tomado: Cuatro euros.


    A ver, yo no estoy diciendo que los hombres tengan que pagar siempre, ni estoy defendiendo el machismo disfrazado de galantería, pero digo yo que si fue él el que pidió la cuenta, siendo además la primera cita y ascendiendo el montante de “la dolorosa” a una cantidad tan miserable, qué menos que seguir el protocolo establecido durante tantos y tantos años e invitar él, que al fin y al cabo, haciendo un alarde de tacañería tan sumamente descarado, el tipo se cargó de un plumazo cualquier oportunidad que hubiese podido tener… Lo he dicho más de una vez, y lo repito: La grosería es imperdonable. Y además, hay pocas cosas menos sexy que ser roñoso. Que-lo-sepan.
     

     

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