Blog 
Apaga y Vámonos
RSS - Blog de María Sánchez Lozano

El autor

Blog Apaga y Vámonos - María Sánchez Lozano

María Sánchez Lozano

María Sánchez es colaboradora habitual del periódico La Provincia en su edición de papel. Sus relatos de la serie Apaga y Vámonos se publican cada sábado en el suplemento sabático YES desde hace ya dos años y se incorporan ahora a la versión digital del diario.

Sobre este blog de Gente

Amores y desamores para reír y no llorar


Archivo

  • 24
    Mayo
    2015

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Las Palmas Gente infidelidad amante cuernos

    Yo soy la otra

    Ahí llega. Entra a hurtadillas. Cree que no voy a enterarme de que regresa cuando está a punto de salir el sol. ¡Por Dios! ¡Si es como un elefante en una cacharrería! Seguro que ahora, como siempre, se da un golpe contra la cómoda… ¿Ves? Siempre igual. No enciende la luz para que yo no me despierte y me entere de a la hora que llega, pero se pega una hostia contra el mismo mueble cada jodida noche, se pone a hacer aspavientos de dolor y aún y así cree que está siendo sigiloso y que sigo durmiendo. Lo que el muy estúpido no sabe es que en realidad no he pegado ojo, que llevo toda la puta noche mirando cómo avanza la cuenta en los números fosforescentes de esa mierda de radio-despertador digital que compró hace unos años porque era más agradable despertarse con música, decía, el tío. Capullo.


    Ahí viene a acostarse a mi lado. A las cinco y media de la mañana. Con el sueño tan pegado a los ojos como el olor de esa puta a su cuerpo. Mañana, como cada mañana, tendré que lavar las sábanas. No soporto que el olor de esa zorra se quede impregnado en mi ropa de cama. Bastante es ya con que se quede adherido a la piel de mi marido y yo tenga que olerlo cada vez que lo tengo cerca… Pero eso será cuando me levante claro. Ya sólo puedo dormir cuando él se ha ido a la oficina y un ratito por la tarde, después de comer, porque desde que conoció a esa guarra, esa veinteañera que le tiene sorbido el seso a base de sexo juvenil y reacciones infantiles, seguro, ya no puedo dormir por las noches. Me las paso esperando a que él llegue, odiándolo, tragándome el dolor y el resentimiento que me trepan por la garganta, maldiciendo el día en que mi Jorge conoció a esa hija de puta que se ha quedado no sólo con mi marido, sino también con mi tranquilidad y mi felicidad; que ha destrozado mi familia… Antes las pasaba llorando. Al principio. Cuando descubrí que no era verdad que hubiese tenido una cena de trabajo, que no se había quedado hasta tarde en la oficina, que todo aquello no eran más que mentiras y que en realidad venía de la casa y la cama de otra mujer. Pero eso era antes.


    A Dios pongo por testigo que intenté ser comprensiva. ¡Oh, sí! Durante los primeros tiempos, cuando estaba totalmente convencida de que aquello no sería más que una aventura esporádica, un intento desesperado de volver  a sentirse joven y deseable, una jodida crisis de los cuarenta. Que le echaría cuatro polvos y cuando se hartara de ella volvería a su casa, con su familia, conmigo… Pero no fue así. Empezó a llegar cada vez más tarde y sus excusas dejaron de ser creíbles. Dejaron de importarle nuestras pequeñas tradiciones, las reuniones familiares, mi tortilla de papas de los viernes a mediodía, esa que tanto le gustaba, nuestra película de los sábados, acurrucados en el sofá cuando los niños ya dormían, esa que nunca terminábamos de ver…


    Míralo. Ya está roncando. Como si tuviera la conciencia tranquila. Como si no estuviera haciendo nada malo... Y dentro de un par de horas se despertará, se dará una ducha y se irá. Y vuelta a empezar.


    “Dale tiempo”, me dicen todos. “Acabará hartándose de ella y volverá con el rabo entre las piernas”, afirman nuestros amigos más íntimos, esos a los que he tenido el valor de contárselo. Pero no me miran a los ojos cuando me lo dicen. No. Sobre todo ellos. Los hombres. Esos miran hacia otro lado mientras me dan palmaditas en la espalda. Cobardes. Son iguales que él. Seguramente ellos tienen sus propias amantes… Sus mujeres, esas que se hacen llamar mis amigas, son algo más consideradas. Es lógico. Saben que ellas podrían verse en mi lugar en cualquier momento. Me hace gracia cómo me hablan de la otra. En susurros. La otra por aquí y la otra por allá. Qué estúpidas. No se dan cuenta de que hace ya mucho en realidad que la otra soy yo.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook