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Armando Ojeda

Redactor de La Provincia./ Diario de Las Palmas. Periodista. Social Media. Comunicación.

Sobre este blog de Tecnología

Puntos de vista sobre el cacharrero digital, e incluso asuntos más serios en la red. Eventualmente.


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  • 02
    Abril
    2014

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    Ocho millones que no están en las nubes

     De entre los últimos boletines que distribuye la asociación de internautas (navegantes de lo virtual que desde hace mucho tiempo han materializado su necesidad de organizarse) sobresale un dato.

    Una suerte de conciencia concreta de lo analógico, que alerta sobre los peligros de considerar a internet como algo verdaderamente universal. Así, mientras Mark Zuckerberg se compra unas gafas de realidad virtual, y, de paso, la empresa que las ha diseñado -Oculus, a un coste de 1.450 millones de euros- descubrimos que en España aún sobreviven ocho millones de ciudadanos que nunca han entrado en la red. Nunca.

    ¿Se puede llamar analfabetos digitales al 16% de la población de un país? Gurús del Social Media lo han más que insinuado sin despeinarse la coleta, y poco antes de certificar con total certeza en Twitter por dónde irán los tiros del Marketing Digital en el próximo lustro. Blogueras de tendencias fashionistas igual no han reparado en ello, entre post y post de la última o siguiente pasarela. Fanáticos futboleros han escrito su última loa al Messicristiano del momento sin suponer que  un sexto del Estado ni siquiera puede leerle. Todos dan por hecho que internet tiene una penetración global e integral en el tejido social, y que el desconectado es una especie en peligro de extinción, a la que ni siquiera vale la pena mantener a salvo. Es el Pensamiento Único Digital.

    Cualquier aspirante a escritor de distopías que se precie bien puede adivinar un futuro inmediato en el que la Seguridad Social no contemple a nadie que no tenga un perfil de Facebook, por ejemplo, a la hora no sólo de asignar las citas y emitir diagnósticos, sino también de prescribir un tratamiento. Ojo con el imperio de internet, con la revolución industrial que nos impone el entorno virtual, sin contemplar el derecho  del ciudadano que no quiere tener ancho de banda ni smartphone. Es indudable que la evolución de la especie acabará integrando a todos, sin excepción. A todos los que quieran jugar  en las ligas del desarrollo común y, llamémosla así, la normalidad. Pero nunca se debe soslayar el derecho de no querer hacerlo. El de seguir siendo un outsider analógico.

    Personalmente, no he entendido jamás a aquellos profesionales que, trabajando en el entorno de la comunicación, rehúsan aprender el uso de las redes sociales, dominar la ofimática (un concepto ya demodé) o gestionar su información gracias a las nuevas herramientas digitales. Es evidente que este es el signo que ha adquirido el oficio: sería como pretender conseguir en el siglo XX un éxito editorial prescindiendo de Gutenberg. No se puede.

    Otra cosa es la actitud que adoptamos como ciudadanos. En este sentido, sí es cierto que, en masa, hemos regalado privacidad, paz doméstica y la posibilidad de estar para muchos contactos engorrosos en la era del 2.0. Así tampoco se puede evolucionar a mejor. El hombre no madurará como especie si renuncia a su capacidad de concentración y reflexión a cambio de un buscador potente y la Wikipedia. Consideremos el ejemplo de la televisión, un magnífico invento al que hemos destinado inversiones cuantiosas para, un decir, la difusión del chisme rosa y los mundiales.

    Ahí se perdió un arsenal didáctico impresionante... Internet, irregulable, irreductible pero también fuente y foro de la banalidad contemporánea, nos ofrece posibilidades infinitas y efectos perversos.

    Entre ellos, el de marcarnos el paso y discriminar, en el peor de los sentidos, a abuelos, incapaces y rebeldes, como aquellos, "los no conectados".

    El  desconectado  esta en peligro de extinción, y no vale la pena protegerle: es el Pensamiento Único Digital


     

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